En este trabajo se presenta la investigación histórico-arqueológica y antropológica en curso acerca de los primeros pobladores españoles que se instalaron a finales del siglo XVIII en el Poblado-Fuerte de El Carmen (provincia de Buenos Aires, Argentina). La finalidad de colonizar este territorio fue consolidar las posesiones de España en el Atlántico Sur amenazadas, para entonces, por la constante presencia extranjera. Es así como llegaron hasta este lugar poblaciones de españoles de distintas regiones (entre ellos maragatos), motivados por las promesas de tierras, trabajo y viviendas. Sin embargo, una vez arribados, las autoridades no cumplieron con lo pactado y las familias se vieron obligadas a construir viviendas cavando cuevas en los acantilados del Río Negro, hoy conocidas como cuevas de maragatos. Actualmente las labores están centradas en estas primeras moradas y responden al objetivo general del proyecto: acceder al conocimiento de los procesos históricos de cambio, reestructuración y continuidad en poblaciones de origen europeo-criollas y su vinculación con poblaciones indígenas, durante los siglos XVIII y XIX en la región de Pampa-Patagonia. Asimismo tenemos la intención de indagar en el mito popular del origen maragato de estas cuevas-hogar construidas en la barranca norte del Río Negro.
In this work we present our current historic- anthropologic investigation about the first Spanish settlers installed on the end of 18th century in Fuerte de El Carmen town (Buenos Aires province, Argentina). The objective to colonize this territory was to consolidate Spanish possessions in the South Atlantic, threatened by constant foreigner presence. This is how Spanish people arrived from different regions, attracted by promises of lands, work and inhabitation. Nevertheless, once arrived, authorities did not comply with those promises and families had to build their houses digging caves in the Rio Negro scarps, known today as Maragatos caves. Nowdays, our work is focused on those first homes and face to the main objective of the project, which is to: access to the knowledge of the historic change processes, the restructuration and continuity of those populations of creole-european origin, and to study their link with aboriginal inhabitants during XVIIIth and XIXth centuries in the Pampa-Patagonia region. Besides, our objective is to investigate the maragato’s popular origin myth of these home-caves dig in the north cliff of Rio Negro.
Neste trabalho se apresenta a investigação arqueológico-antropológica em curso sobre os primeiros colonizadores que se instalaram a fins do século XVIII no povoadoForte de El Carmen (província de Buenos Aires, Argentina). A finalidade de colonizar este território foi consolidar as possessões da España no Atlântico Sul nesse momento ameaçadas pela constante presença estrangeira. Foi assim como chegaram até este lugar povoações de espanhóis de diversas regiões, motivados pelas promessas de terras, trabalho e moradias. No entanto, uma vez aqui, as autoridades não cumpriram com o combinado e as famílias se viram obrigadas a construir moradias cavando umas cavernas nas falésias ou acantilhados do Rio Negro, hoje conhecidas como “Cuevas de Maragatos”. Atualmente as pesquisas estão concentradas nas primeiras moradias, de acordó com o objetivo geral do projeto que é: aceder ao conhecimento dos processos históricos de troca, reestruturação e continuidade em populações de origem européia crioula e sua vínculação com as populações indígenas, durante os séculos XVIII e XIX na região Pampa da Patagônia. Também temos a intenção de indagar o mito popular de origem “maragato” destas cavernas–lares construídos no barranco norte do Rio Negro.
Esta investigación se enmarca en un Convenio realizado entre la Universidad de Buenos Aires (Facultad de Filosofía y Letras, UBA) y la Municipalidad de Patagones a través del Museo Histórico Regional Emma Nozzi de Carmen de Patagones (Provincia de Buenos Aires, Argentina) y forma parte del Proyecto de Doctorado de una de las autoras (UBACYT F131)1.
El objetivo general de nuestro proyecto es acceder al conocimiento de los procesos históricos de cambio, reestructuración y continuidad en poblaciones de origen europeo-criollas y su vinculación con poblaciones indígenas, durante los siglos XVIII y XIX en la región de Pampa-Patagonia.
Hacemos hincapié en los distintos grupos sociales que se asentaron en la Patagonia Septentrional, desde distintas regiones de España, especialmente de la zona de Castilla y León y de ella las familias provenientes de la Maragatería, una pequeña región situada al Noroeste de León que recibe este nombre desde que los hombres dedicados a la arriería y al comercio, en torno al siglo XVI, son denominados maragatos2.
El caso de estudio se centra en el área del Fuerte de Nuestra Señora del Carmen, poblada por colonos españoles que llegaron en sucesivas oleadas desde el año 1779, como parte del proyecto de la Corona Española, que entre 1778 y 1784, planteó la formación de colonias con población peninsular (Zusman 1999).
El énfasis en la inmigración maragata en el Carmen (que también existió en otras zonas del país) se debe a las características originales de esta colonización que impregnó con su espíritu el lugar y, con el tiempo caracterizó con el gentilicio “maragato” a todos los nacidos allí. En esta comarca quedaron huellas materiales de aquel primer asentamiento español, nos referimos a las primeras moradas de los colonos, las que hoy son un referente afectivo claro para la población actual: las cuevas cavadas en la barranca de arenisca del Río Negro, llamadas “Cuevas de maragatos” (Municipalidad de Patagones y Universidad de Buenos Aires 2008).
Este trabajo se realizó por el interés en conocer y revalorizar los espacios relacionados con la vida de los primeros colonos. Con el objetivo de aportar al conocimiento de los modos de vida y de habitación de los pobladores españoles primigenios, planteamos un estudio arqueológico que comprendiera, en primera instancia, los espacios de habitación hoy conocidos, sus alrededores y la relación de estos con las áreas productivas de aquel momento, así como el impacto que causó su inserción dentro del plan urbano asociado al Fuerte de El Carmen.
Asimismo, se tiene la intención de indagar en el mito popular del origen maragato de las “cuevas-hogar” y explorar las bases reales o imaginarias de la identificación de la población actual con la población maragata de aquel entonces. Es así como los estudios de la tradición oral, a través de entrevistas e historias de vida, se plantearon con el objeto de lograr el acercamiento al estudio del imaginario colectivo acerca de las primeras moradas de estos pobladores y discernir cuestiones relacionadas con la identidad y valoración de dichas estructuras por parte de la comunidad actual de Carmen de Patagones.
Se aborda esta problemática, entonces, desde un enfoque multidisciplinario (sensu Ramos 2002), utilizando las herramientas conceptuales y metodológicas de la Historia, la Arqueología y la Antropología. Cada una de estas ciencias nos aporta líneas de evidencia independientes que permiten un abordaje dinámico proporcionando diferentes fuentes de datos.
Desde nuestro enfoque los registros escritos en esta investigación juegan un rol amplio e importante, ya que no se los utiliza como mero suplemento del trabajo arqueológico, ni se restringe su papel al de una fuente generadora de hipótesis de bajo nivel. Las fuentes escritas contribuyen a la construcción del tema de investigación mismo. Por otro lado, permiten formular el contexto dentro del cual interpretar el registro arqueológico y, a partir del cual, derivar algunas de las preguntas arqueológicas. Así también su colaboración no se reduce al establecimiento de los “hechos”, sino que permite formular hipótesis explicativas de determinados niveles de fenómenos. Coincidimos en la consideración de los registros escritos como integrales a la práctica de la arqueología histórica (Gómez Romero y Pedrotta 1998; Brittez 2004).
El actual partido de Patagones es el punto más austral de la provincia de Buenos Aires (Figura 1) y se considera el más extenso de los distritos bonaerenses, se ubica en el extremo meridional de la provincia a 40° 49’ de Lat. Sur y 63° 00’ de Long. Oeste, siendo sus límites los siguientes: al Norte el partido de Villarino, al Este y Sudeste el Océano Atlántico, al Sudoeste el Río Negro y al Oeste las provincias de Río Negro y La Pampa. Por esta situación biogeográfica particular y transicional entre las regiones pampeana y patagónica podría denominárselo como la “antesala de la Patagonia” (Bandieri 2005).

La ciudad cabecera, Carmen de Patagones, está situada en el extremo sur del partido a orillas del Río Negro, frente a la actual ciudad de Viedma, capital de la provincia de Río Negro (Levene 1941). El pueblo de Patagones fue creado en 1837, por lo tanto, es uno de los más antiguos entre los pueblos de la Provincia de Buenos Aires (Biedma 1887).
La investigación en archivo hasta el presente se centró en: el Archivo Histórico del Museo Histórico Regional Emma Nozzi de Carmen de Patagones, Asociación Española y Biblioteca Popular Cervantes (Carmen de Patagones), Biblioteca Histórica Provincial de Río Negro (Viedma), Museo Antropológico Histórico “Gdor. Eugenio Tello” (Viedma), Archivo General de la Nación, Videoteca y Biblioteca “Juan Alfonso Carrizo” del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano; Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Instituto de Historia de España “Claudio Sánchez Albornoz”, Biblioteca Central “Prof. Augusto Raúl Cortazar” de la Facultad de Filosofía y Letras, entre otros.
La información obtenida nos permite decir que hacia fines del siglo XVIII las posesiones de España en el Atlántico Sur se veían desprotegidas. Como intento para revertir esta situación la política de los Borbones toma consciencia de la importancia de afianzar el poder en estos territorios, amenazados por la constante presencia extranjera en los mares australes. En este contexto pueden destacarse tres objetivos de la política borbónica: realizar un relevamiento que permitiese conocer tanto el ámbito natural como a sus habitantes, buscar nuevas rutas que posibilitaran la comunicación con Chile fortaleciendo vínculos comerciales, y fundar algunos fuertes en sitios estratégicos que aseguraran la soberanía española ante las potencias enemigas, principalmente frenar la intromisión inglesa (Biedma 1887; Benedicto 1967; Porro Gutiérrez 1995; Nacuzzi 2002, 2005; Bandieri 2005).
Es así como se intensificaron las expediciones siguiendo rutas atlánticas, tratando de ejercer un control más preciso sobre reservas de recursos naturales y con la finalidad de obtener más información sobre lugares aptos para establecer puntos de apoyo para navegantes y potenciales asentamientos más estables con fines estratégicos y económicos (Bandieri 2005).
Estamos, entonces, frente a una clara política colonial de avance territorial, en este sentido Perla Zusman sintetiza claramente la ideología borbónica detrás de esta maniobra diciendo que “El avance de la frontera colonial significaba la apropiación de ámbitos geográficos en manos de los indígenas y, de forma simultánea, su defensa frente a las pretensiones de otras potencias coloniales. El avance de la frontera implicaba, a su vez, la configuración de una nueva geografía material constatable no sólo en el traslado de los puestos fronterizos sino también en el cambio de topónimos, en el establecimiento de nuevas caminos y nuevas poblaciones” (Zusman 1999:2). Esta intención es la que llevó a poner los ojos en las posesiones de ultramar.
El territorio conocido como Patagonia ha sido una de las áreas de América Meridional de más tardía apropiación por parte de la Corona Hispánica. Será la coyuntura internacional provocada principalmente por los resultados de la reorganización territorial colonial americana posterior a la Guerra de los Siete Años (1763-1765) la que estimulará el reconocimiento y apropiación de la región sur de Sudamérica por parte de los ingleses y franceses (Zusman 1999). Desde entonces, las coronas inglesa y francesa inician una serie de actividades exploratorias que ponen sobre aviso a España respecto de la necesidad de reconocer y ocupar las tierras de la Patagonia sudoriental. Esta situación, por lo tanto, acelerará el proceso de avance de la frontera colonial hispánica sobre este territorio. Pero, la política territorial hispánica no se dirigirá solamente a evitar la apropiación inglesa de los territorios en cuestión, sino que también buscará apropiarse de áreas geográficas hasta entonces bajo dominio indígena (Zusman 1999).
En este marco internacional, los intentos de colonización efectiva se concretaron recién hacia fines del siglo XVIII cuando, según Orden Real firmada en Aranjuez en 1778 por José de Gálvez, Ministro del Rey Carlos III de España, se establecieron tres enclaves en puntos estratégicos: Nuestra Sra. del Carmen en el Río Negro (Bahía Sin Fondo), es decir en la “entrada” a la Patagonia; su subsidiario en San José en Península Valdés y la Colonia y el Fuerte de Floridablanca en Bahía San Julián, pleno territorio costero patagónico (Biedma 1887; Benedicto 1967; Apolant 1970; Sanguinetti de Bórmida et al. 2005; Bianchi Villelli 2007; Senatore 2007; Senatore et al. 2007).
Este proyecto de colonización fue el primer plan integral que la corona Española decidió afrontar para sus territorios australes y se lo conoce como “el Plan Patagónico de 1778” y, según nos hace notar el arquitecto De Paula, fue claro el interés urbanístico que tuvo esta colonización marítima, consistente en la fundación de ciudades en los puntos estratégicos del litoral patagónico (De Paula 1991).
Al respecto, este autor refiere que las pautas urbanísticas de este operativo no reiteraron los textos de la Legislación de Indias, sino que constituyeron un conjunto de disposiciones que se ajustaron a este caso; no hubo un régimen de capitulaciones como en el siglo XVI ni tampoco se previó dotar a las nuevas poblaciones de una estructura institucional civil, a la manera de las viejas ciudades indianas, se trató de “colonias”, o sea de “asentamientos manejados por autoridades delegadas” (De Paula 1991).
Como parte de este plan de colonización, Francisco de Viedma exploró por primera vez a comienzos de 1779 la desembocadura del Río Negro, lugar donde se fundó, a unos 36 km de la costa atlántica, el fuerte Nuestra Señora de El Carmen. Inicialmente, los expedicionarios lo construyeron sobre las barrancas de la margen sur del río, área inundable, razón por la cual se decidió trasladarlo a su margen norte aprovechando las ventajas que otorgaba la geografía del área, caracterizada por una loma y una alta barranca de roca sedimentaria, un lugar más propicio para situar dicho emplazamiento. Así se levantó la primera fortificación con su correspondiente foso estableciéndose la simiente de lo que, con el correr de los años, se transformaría en Carmen de Patagones (Biedma 1887; Levene 1941; De Angelis 1972; Nacuzzi 2002).
Denominada en sus primeros tiempos “El Carmen”, fue la única colonia durante este período que logró sobrevivir, en parte por los esfuerzos de Viedma –Comisario Superintendente del poblado desde 1779 hasta 1784– ante el Rey y el Virrey Vértiz para lograr el mantenimiento del paraje. Este paraje se convirtió así en un enclave fundamental desde donde se organizaban partidas para efectuar los reconocimientos del Norte de la Patagonia, constituyéndose en un centro estratégico de comunicación y transacciones con los indígenas del área (Gorla 1995; Nacuzzi 2002, 2005; Bandieri 2005).
Para llevar adelante este plan de colonización de la Patagonia, se utilizó un sistema de reclutamiento inédito hasta el momento, se instauró “la contrata de familias” (familias que recibirían un salario como recompensa a su obligación de poblar y hacer productivos los lugares a los que fueran destinados). Este plan no establecía cuándo se les haría entrega de las tierras en carácter de propiedad, ni dejaba espacio para el regreso al lugar de origen. Ambos aspectos desmotivaron a los migrantes a embarcarse en este proyecto poblacional. El quiebre con las pautas migratorias golondrinas tradicionales, llevó a que el proyecto tuviera poco atractivo para la población de Galicia. Por esta causa, la Corona española extendió la convocatoria a las provincias de Asturias, Castilla y León (Apolant 1970; Zusman 1999; Porro Gutiérrez 2005).
Es así como, en 1778, se publicó en España un bando ofreciendo a aquellas familias dispuestas a poblar la Patagonia: tierras, semillas, instrumentos y salarios que les permitieran vivir en estas tierras. El Sr. Jorge Astraudi fue el comisario colector, encargado de contratar a las familias en el puerto de La Coruña, Galicia; éste recibió orden de reunir 200 familias pobres de labradores y artesanos “bien instruidas en las labores del campo” (Porro Gutiérrez 2005:23) para servir de buen ejemplo a los indígenas. Preferentemente debían ser hombres casados o bien solteros hábiles. Estas familias viajarían por cuenta del tesoro real y recibirían un año de manutención (Porro Gutiérrez 2005).
De las 1921 personas que, entre hombres, mujeres y niños, partieron desde la Coruña, solamente se destinaron 134 al Fuerte del Río Negro. Como parte de este plan de inmigración dirigida arribaron al Río de La Plata y, por consiguiente, en igual proporción a El Carmen, familias de gallegos (25.2%), asturianos (33.1%) y, principalmente, castellano-leoneses (41.7%) (Biedma 1887; Ramos Pérez 1982; Porro Gutiérrez 1995:84), se sabe que entre ellos habrían llegado varios maragatos (Biedma 1887:18; Benedicto 1967:6).
Ahora bien, una vez arribados a destino, los recursos económicos fueron paupérrimos (De Cristóforis 2006:137) y los primeros colonos no tuvieron acceso a materiales para la construcción de sus viviendas debiendo solucionar este problema de habitación labrando cuevas en la arenisca sedimentada en los acantilados de la ribera del Río Negro (Biedma 1887; Ramos Pérez 1982; D’Orbigny [1846] 1999; Musters [1911] 2005).
Al respecto De Paula introduce detalladamente en las características “edilicias” del Carmen en sus primeros años:
“Cuando en 1784 Francisco de Viedma dejó la Patagonia para asumir un nuevo destino en el Alto Perú, el fuerte estaba aún inconcluso, las estancias ruinosas y faltaba construir una cortina completa y un bastión. Las obras de “Nueva Murcia” –el sector que estaba destinado a albergar a la población y que tendría un trazado en forma de cuadrícula. La aclaración es nuestra– no prosperaron y en las dos primeras décadas sólo fueron construidos algunos ranchos de poca solidez y parte de la población prefirió aprovechar las grutas naturales de los alrededores, que acondicionaron al efecto, como la que le servía de vivienda a Andrés Araque, que era una cueva con sala, aposento y cocina en el paraje que llaman la Cantera, que linda por un lado con la cueva de Santiago Sastre y por el otro con la de Bernardino Bartuille” (De Paula 1991:7).
Estos primeros colonos, durante los primeros años, desarrollaron un intenso intercambio con las poblaciones originarias, el que fue beneficioso para ambas, pues se cambiaban animales por aguardiente, pan, yerba, tabaco, azúcar, ropas, objetos de hierro, etc., contribuyendo a garantizar la subsistencia y estabilidad del establecimiento (Bustos e Irusta 2005). Nacuzzi al respecto comenta: “En cuanto a los caciques de la región, ellos se relacionaron muy rápido, de manera amigable y naturalmente con los recién llegados al río Negro. Los jefes indios comenzaron a desempeñar inmediatamente un papel clave en el abastecimiento de la incipiente población y en el manejo de las informaciones sobre los grupos vecinos y la geografía, ambos desconocidos e imprevisibles para los españoles” (Nacuzzi 2002:43).
Es evidente que existen varios estudios pormenorizados del plan de colonización de Carmen, pero la información se reduce casi fundamentalmente a la nómina de familias, su procedencia y sus labores en tierra de origen, asimismo a la situación indígena y militar con la que debieron lidiar; pero los datos acerca de la vida cotidiana y habitacional de los colonos son escasos durante estos primeros años.
Por lo dicho anteriormente, consideramos que nuestro estudio antropológico-arqueológico toma notorio valor al intentar dilucidar cuestiones relacionadas con el devenir de las originarias estructuras de habitación y el transcurrir de la vida cotidiana en ellas.
Con el correr de los años las cuevas labradas por los primeros pobladores se fueron perfeccionando y haciendo más aptas para una supervivencia más confortable. Las casas recién comenzaron a levantarse a fines del siglo XVIII, cuando ya habían transcurrido casi veinte años desde la llegada de los primeros pobladores. Pero esto no significó que las cuevas fueran abandonadas, ya que ellas fueron habitadas por nuevas familias, especialmente de escasos recursos. Aún durante la segunda mitad del siglo XIX se vendían y alquilaban cuevas en Patagones. Actualmente se observan, en el casco histórico, algunas antiguas casas coloniales, las que en muchos casos conservan en el barranco del fondo del patio las clásicas cuevas de maragatos. Estas casas coloniales fueron construidas a principios del siglo XIX en el marco de un naciente proceso económico social (Nozzi 1983).
A comienzos del siglo XX las cuevas estaban deshabitadas casi en su totalidad, muchas de ellas se habían derrumbado, otras fueron reforzadas por sus dueños con muros y bóvedas de ladrillos para evitar su derrumbe. Actualmente se sabe que muchas de las viviendas asentadas en las barrancas del casco histórico de la ciudad están construidas sobre una, dos o más cuevas.
Este trabajo de investigación surge, además del valor histórico en sí, de la motivación de autoridades y pobladores por conocer y revalorizar los espacios relacionados con la vida de los primeros colonos.
Como ya adelantáramos, nuestro objetivo específico es aportar al conocimiento de los modos de vida y de habitación de los primeros pobladores de Carmen de Patagones; planteamos así un estudio arqueológico que comprendiera, en primera instancia, los espacios de habitación hoy conocidos (las cuevashogar), sus alrededores y la relación de estos con las áreas productivas de aquel momento. También nos interesa evaluar el impacto que causó el labrado y la distribución de las cuevas dentro del plan urbano asociado al Fuerte de El Carmen.
Nuestros estudios arqueológicos en Carmen de Patagones se iniciaron en el año 2005, y hasta el momento se llevaron a cabo tres campañas (julio y noviembre de 2005 y noviembre de 2008) (Casanueva et al. 2007; Murgo y Casanueva 2008; Municipalidad de Patagones y Universidad de Buenos Aires 2008).
Los trabajos se centraron en las siguientes tareas: se ha efectuado una combinación de prospecciones pedestres, relevamiento fotográfico y planimétrico, recolección en transectas de materiales de superficie y realización de sondeos selectivos en algunas de las cuevas y en sectores colindantes. Hoy en día existen cuevas sólo en dos sectores de la ciudad:
1. Casco Histórico. Las primeras estructuras se concentraron, a fines del siglo XVIII, en lo que hoy es el sector más antiguo del pueblo, por esta razón en el casco histórico de Patagones observamos tanto cuevas abandonadas en los fondos de propiedades deshabitadas como en la parte trasera de terrenos habitados, las cuales continúan en uso cumpliendo funciones de almacenamiento y/o corrales para animales pequeños. En la actualidad todas las estructuras son de una única cámara, variando notoriamente de tamaño, entre 10 y 30 m2. Inclusive en algunos casos algunas han sido subdivididas posteriormente y han ido sufriendo modificaciones estructurales importantes; el piso de tierra original cubierto por ladrillos, paredes apuntaladas con ladrillos y vigas en los techos, agregado de puertas, etc.
2. Laguna Grande. Ésta es un área de producción conformada por chacras y quintas que se encuentra aproximadamente a 7 km del centro de Carmen. Aquí se conocen sólo dos cuevas, éstas revisten características diferentes a las del Casco Histórico ya que cuentan con varias cámaras (entre 3 y 5). Las dimensiones varían entre 35 y 45 m2. Una de ellas presenta mejoras estructurales como apuntalamiento con ladrillos, sostén de techos con vigas de maderas de gran resistencia, ventanas y puertas reforzadas con marcos de madera.
Por cuestiones operativas y relacionadas a la utilización actual del espacio en función de la producción y urbanización, se decidió respetar esta sectorización casi natural y dividir el área de trabajo en los dos sectores ya mencionados: Cuevas del Casco Histórico y Cuevas de Laguna Grande (Figura 2).

La población de Carmen de Patagones se inició en el sector hoy denominado “centro histórico”, sobre la faja de terreno abarrancado, de 20 m de desnivel y 150 m de ancho entre el antiguo emplazamiento del Fuerte y la orilla del río Negro; allí como en una gradería de tres tramos, se definieron dos calles longitudinales en el sentido de la costa, estas son Biedma (antes calle de la Ribera) a 5 m de altitud promedio y la calle Mitre (antes calle Real) con una elevación media de 12 a 14 m sobre el nivel del mar (De Paula 1991).
En este sector se visitaron las cuevas que se conocen hasta el presente (Figura 3), tanto en espacios de protección patrimonial como en propiedades privadas. Las mismas se fotografiaron, relevándose sus características de construcción y la modalidad de uso en la actualidad.

Debido a las posibilidades de acceso y de excavación, el trabajo arqueológico estratigráfico se centró en esta zona, área de chacras y quintas poblada desde el momento de la fundación (Bustos 1989). Las dos cuevas que aquí existen han sido llamadas por nosotros Cueva 1 y 2 (CM1 y CM2). Estas hoy se encuentran bajo la protección de la Dirección de Patrimonio Histórico.
Ambas cuevas cavadas en la arenisca rionegrense se ubican sobre una loma que se eleva paralela al actual cauce del Río Negro y frente a la antigua Laguna Grande, hoy sin agua (Murgo y Casanueva 2008).
CM1 (Figura 4) está situada con vista SO hacia la laguna y el río a los 40º 50’ 10,7” Lat. Sur y 62º 56’ 0,0” Long. Oeste, presenta una superficie total de aproximadamente 45 m2 y cinco cámaras: dos centrales y tres laterales pequeñas (Figura 5). Esta no presenta ninguna mejora estructural posterior.

Se recorrieron las áreas externas inmediatas a la cueva, siguiendo un pequeño sendero hacia arriba de la oquedad, se hallaron escasos fragmentos de loza, vidrio y una tapa corona de bebida.
En el interior de la cueva se efectuó un plan de sondeos, con la finalidad no sólo de evaluar la presencia de material en estratigrafía sino también para conocer las características de depositación del sedimento y comparar con lo ocurrido en todas las cámaras de la misma.
Los sondeos abarcaron la totalidad de las cámaras (Sondeos 1, 2, 3 y 4 en el 2005 y Sondeos A, B, C y D en el 2008) (ver Figura 5), los mismos alcanzaron una profundidad promedio de 50 cm y el material arqueológico hallado consistió en: escasos fragmentos de antiguas botellas de vidrio –destacándose un grueso cuello de botella de vidrio negra, con pico aplicado a mano (Figura 6)–, fragmentos de loza Whiteware y Pearlware; restos faunísticos de oveja (Ovis aries) y mamífero pequeño indeterminado, carbones asociados con éstos y maderas quemadas asociadas a fogones recientes realizados por visitantes ocasionales.


Por último, se tomaron las dimensiones exactas de la cueva para realizar un plano, complementándose este trabajo con un completo relevamiento fotográfico.
El material, aunque exiguo, se asocia a finales del siglo XIX y siglo XX, con excepción del pico de botella, que por sus características técnicas podría asignarse al primer tercio del siglo XIX.
Esta cueva (Figura 7) se sitúa en el talud de la loma a los 40º 50’ 13,9” Lat. Sur y 62º 55’ 59,6” Long. Oeste, frente al camino actual, con vista a la antigua laguna y lindando con las ruinas de una escuela construida en 1900. Está compuesta por tres cámaras y presenta una superficie total aproximada de unos 40 m2 (Figura 8), contando con un revestimiento externo e interno de ladrillos, así como un apuntalamiento de techos con fuertes vigas de madera. Esta cueva se encuentra bajo la protección de la Dirección de Patrimonio y está preparada para ser visitada por el público, por lo tanto, cuenta con una reja frontal de protección, alambrado en los laterales del sector, una escalinata de acceso de cemento y un cartel de referencia histórica.
En el interior de la Cueva 2 se realizaron sondeos en sus tres cámaras (ver Figura 8), sin hallazgos. Se realizó un relevamiento de su planta y técnicas constructivas. Asimismo se tomaron fotografías en detalle del techo y de los muros reforzados con ladrillos y vigas de madera.


El recorrido por las inmediaciones de esta estructura (siguiendo el trazado perimetral del alambrado que la circunvala), dio como resultado el hallazgo de escasos fragmentos de loza blanca, dos fragmentos de teja “muslera”, un fragmento de frasco de farmacia de paredes espesas y la base de un vaso acanalado (Figura 9).

La antigua escuela con la que linda, hoy derruida, se sitúa a escasos 20 m y la prospección de su planta dio como resultado el hallazgo de objetos característicos de principios y mediados del siglo XX (principalmente vajilla y variedad de botellas de vidrio).
Concluimos hasta el momento, que la escasez de la evidencia hallada y la necesidad de profundizar el trabajo en estratigrafía, aún no nos faculta para asignar una cronología definitiva; sin embargo, podemos comentar que en el predio estrictamente de las cuevas y en los sectores más próximos a ellas, los materiales se relacionan con distintos momentos del siglo XIX (Tabla 1).

Es de vital importancia para nuestra investigación considerar las voces de la comunidad local no sólo con fines académicos, sino para conocer el real interés que demanda el tema.
Este acercamiento a la comunidad enriquece nuestra investigación ya que nos permite incorporar, además de distintas miradas, infinidad de datos, detalles y saberes relacionados con el tema de estudio. Hemos proyectado, entonces, un plan de entrevistas a personas allegadas a nuestro objeto de estudio y/o interesados en aportar a la reconstrucción de la historia local. En ciertos casos se realizaron entrevistas con distinto grado de formalidad, y en otros se recopilaron historias de vida (Bertaux 2005). Consideramos a estas últimas como “…novelas memoriables… en donde la reconstrucción del pasado está regida por las formas sociales de la reminiscencia” (De Conink y Godard 1998:284), por lo tanto, sostenemos que son imprescindibles para acercarnos a la historia de las personas involucradas en el primer poblamiento del área.
Es nuestra intención contar con una variedad de opiniones desde diversos ámbitos. Hasta el presente, el trabajo de entrevistas y relatos de vida, se centró en los siguientes vecinos:
Fueron de fundamental importancia, asimismo, los datos que surgieron relativos a la protección de estas primeras moradas: el tiempo que transcurrió hasta que se planificó la protección y resguardo de las estructuras, la poca valorización y el descuido en épocas pasadas por parte de los vecinos.
Mientras la arqueología aún no ha ofrecido pruebas materiales del primer origen maragato, las fuentes escritas tampoco apoyan decisivamente esta creencia, al manifestar que los maragatos no fueron el grupo más numeroso llegado a estas tierras.
De ningún modo negamos su existencia, la que marcó decididamente el curso de la historia de esta ciudad. Sostenemos, entonces, que un avance en los estudios arqueológicos y antropológicos seguramente aclarará cuestiones sobre este reconocimiento popular y la autoidentificación con la estirpe maragata.
Hasta el momento podríamos decir que el patronímico de esta ciudad (La Comarca maragata) se debe a que este grupo poseía una mayor instrucción que los otros grupos de españoles arribados junto a ellos, ya que su oficio de mercaderes y viajantes los obligó, en primera instancia, a ser alfabetos, característica bastante inusual para la época en este tipo de segmento poblacional. Esta actividad debió entrenarlos en la interacción social con diferentes grupos humanos dentro de la península Ibérica y conferirles una organización interna que ayudó a que mantuvieran su definición como grupo en la nueva fundación. Quizás estas características los facultaron para liderar y destacarse en el nuevo entorno y hacer frente a las situaciones adversas, aportando la organización necesaria para asentarse en el desconocido territorio.
Si bien fueron minoría, constituyeron un grupo consolidado que guió al resto de la población en los primeros momentos de austeridad y escasez: “La influencia de estos pobladores [los maragatos] fue decisiva en los modos de convivencia de la naciente comunidad. La estructura social de Carmen de Patagones, está penetrada por el espíritu de estos colonos, razón por la cual hoy se denomina maragatos a los nacidos en la ciudad de la margen norte del Río Negro” (Benedicto 1967:6).
Muchas de nuestras preguntas guía no pueden ser contestadas aún, sólo la profundización en las investigaciones nos irá acercando al esclarecimiento de algunos de nuestros interrogantes; sin embargo nuestros resultados preliminares nos permiten adelantar determinadas cuestiones referidas al uso del espacio, actividades pasadas y el origen maragato-español de las cuevas.
Las estructuras estudiadas se ubican en dos áreas: Casco Histórico y Laguna Grande; esta distribución no es casual. El área actualmente considerada como Casco Histórico circundaba, durante los primeros años de ocupación, los alrededores del Fuerte Nuestra Señora del Carmen, por lo tanto era el espacio mejor protegido contra una eventual penetración indígena o cualquier tipo de inclemencia, por consiguiente su ocupación fue lógica y es en él donde se concentra y observa la mayor cantidad de cuevas, aprovechando la barranca natural.
El segundo sector en el que se han cavado cuevas, coincide con un ámbito de tierras fértiles de inundación, que permitieron el desarrollo de las primeras chacras y quintas, este espacio apto para la producción fue ocupado desde el momento mismo de la fundación. Creemos que las bardas de arenisca presentes aquí, la amplitud del sector y una presencia más dispersa de vecinos, llevó al labrado de viviendas más “confortables”. Por esta razón, observamos aquí las únicas cuevas con divisiones internas en varias cámaras.
Advertimos que las viviendas cavadas en la barranca fueron una respuesta pronta y obligada frente a la ausencia de medios en el lugar, por lo tanto la intención original de la Corona Española se vio desdibujada al quedar conformado un poblado anárquico en cuanto a distribución de viviendas y “estructuras de cavado” (cuevas), de una fisonomía muy distinta al modelo de asentamiento hispano vigente en las colonias del Nuevo Mundo (Senatore et al. 2007).
La forma de asentamiento respondió al aprovechamiento básico de los recursos locales, en ese sentido fue “desorganizada” y estuvo condicionada por la posibilidad de aprovechamiento de la barranca de arenisca del Río Negro. Las viviendas se erigieron, entonces, sobre la línea del río, por debajo de la cota en la que se construyó el Fuerte de Nuestra Señora del Carmen.
Los hallazgos arqueológicos, por su parte, nos aproximan a la vida de las personas que habitaron estas cuevas a lo largo de los años, si bien estos aún no nos remiten a los primeros momentos de ocupación, que se relacionan con el período fundacional de finales del siglo XVIII, la cultura material hallada dentro de estas estructuras y en sus alrededores (que si bien aún es escasa y limitada a recolecciones superficiales y sondeos) nos remite a distintos momentos del siglo XIX, período durante el cual estos espacios continuaron habitados. Hasta el presente podemos inferir ciertas actividades cotidianas (basándonos, hoy por hoy, en los hallazgos de Laguna Grande), como las relacionadas con el consumo de alimentos y bebidas, con el aseo o higiene personal y la utilización de medicamentos, así como con el mantenimiento estructural de las cuevas.
A partir del estudio de una considerable variedad de relatos y bibliografía acerca de este enclave, en adición con el análisis de entrevistas, pudimos deducir que los nacidos en Carmen de Patagones son nombrados “maragatos” ya desde mediados del siglo XIX (rastreamos esta nomenclatura en documentos de la época), mientras que las cuevas comienzan a ser popularmente llamadas “de maragatos” en épocas muy recientes. Si bien es prematuro afirmarlo, advertimos que la asignación de las cuevas a los maragatos se sustentaría en una tradición local que recobró fuerzas durante las últimas dos décadas del siglo XX.
En cuanto al común de la gente, notamos que en la actualidad existe un escaso conocimiento acerca del origen de las cuevas y de los hombres y mujeres provenientes de la Maragatería que llegaron en los primeros barcos en el Siglo XVIII.
Más allá del conocimiento limitado aparente del origen e identificación de las cuevas-hogar, son muchas las señales que nos orientan a pensar que la población de Carmen de Patagones se siente “cerca” de las cuevas, pensamos que las ha incorporado tanto a la historia de su ciudad como a sus propias vidas, por supuesto desde distintas miradas y maneras de actuar. Los distintos usos que se les da a estas estructuras muestran, a nuestro entender, el interés de la comunidad en ellas, desde las personas que las utilizan como lugar de esparcimiento y de refugio, hasta los que consideran estos espacios casi como sagrados (prueba de esto es un pequeño altar levantado en el exterior de una de las cuevas de Laguna Grande). Asimismo, son parte indiscutible de la vida doméstica de las familias que poseen una cueva en el fondo de sus propiedades. Existen, también, actitudes destructivas hacia las mismas, las que manifiestan que la valoración hacia ellas es dispar. Por último, la buena predisposición de gran parte de la población, cuando se los indagó sobre el tema, nos demuestra en gran medida, el valor que los vecinos le otorgan al origen de la ciudad y al pasado en general a cuyo conocimiento y difusión muchos intentan contribuir.
Como ya adelantáramos, la idea de la utilización constante de estas estructuras a lo largo del tiempo se sustenta tanto desde las palabras de los lugareños, los hechos mismos, la bibliografía y crónicas de época, como desde la información que, por el momento, nos brinda el registro arqueológico. Esto nos sugeriría que estos espacios han sido y son referente de la sociedad actual y pasada, y los pobladores, cada uno a su manera (las abundantes inscripciones a modo de graffiti dan cuenta de esto), quieren decir “presente”.
Somos concientes que en estos ámbitos de alta interacción social (en los que tanto colonos españoles, indígenas, militares, presos, comerciantes y viajeros compartían espacios y vivencias), los indicadores arqueológicos, como sostienen Tapia y Pineau (2004:398), pueden resultar ambiguos. La particularidad de estos espacios de frontera nos hace ser aún más cautelosos ante la presencia, distribución y frecuencia de la cultura material.
Se planea excavar en extensión las cuevas de Laguna Grande y evaluar la posibilidad de hacerlo en las del Casco Histórico, teniendo en cuenta que algunas no pueden excavarse, ya que el piso de una cueva suele conformar el techo de la que se encuentra en el nivel inferior. Como se comentó previamente, hemos efectuado un completo registro fotográfico en ambos sectores, un relevamiento planimétrico de las conocidas hasta el presente en Laguna Grande e iniciado el registro de las cuevas del Casco Histórico, tareas que hasta la actualidad no se habían llevado a cabo, por parte de las dependencias municipales.
Planteamos indagar en la memoria popular acerca del origen del poblado a través de un proyecto de trabajo con la comunidad por medio de distintas actividades. Se propone profundizar en el acercamiento antropológico, no sólo por medio del trabajo de entrevistas ya iniciado, sino también a través de distintos encuentros abiertos a la memoria colectiva y realizando un relevamiento del conocimiento e interés en la primera ocupación española de la ciudad en base a encuestas cuali-cuantitativas.
Por otra parte, intentaremos responder a las inquietudes y propuestas que puedan surgir, encarando tareas de divulgación, información y cooperación con distintas instituciones, cuya finalidad última es el beneficio de la historia local y de los vecinos de Patagones. Este abordaje antropológico complementará al histórico y arqueológico, aportando alma a los escritos y a los objetos hallados en los espacios de habitación o existentes en manos de vecinos y en las salas del Museo Histórico local.
1. Proyecto UBACyT F131, período 2008-2011, Directora Dra. Cecilia Pérez de Micou Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano.
2. Desde el punto de vista etimológico la denominación maragato parece tener su procedencia de mericator o mercator nacida del oficio de mercaderes que desarrollaron estos grupos. La situación de una tierra inhóspita favoreció a que parte de sus habitantes se dedicara al negocio del transporte de todo tipo de mercancías. Dicha actividad comercial y arriera es la que dará, a este grupo social, la clave del éxito y surgirá el mito maragato, esta población se va a caracterizar por una actitud social diferente al resto de la sociedad campesina. Durante la primera mitad del siglo XVIII se logran las grandes fortunas maragatas, situándose en ella la época dorada en la que la actividad arriera, siendo el período en el que las elites sociales maragatas fundan sus mayorazgos, diseñan las estructuras de sus grandes casas de piedra y forman sus propias reglas socio-culturales. La segunda mitad del siglo XVIII marcará un cambio fundamental en este grupo social, debido a la existencia de una fuerte crisis agraria, un excesivo aumento de los precios de las mercaderías, la caída del consumo y la recesión en los intercambios. Ante tal situación se detecta un claro empobrecimiento de la comunidad arriera maragata que afectó principalmente a los grupos más débiles económicamente los que debieron emigrar hacia los centros urbanos o hacia América animados por el incremento comercial en estas colonias (Rubio Pérez 2003).
Al Licenciado Jorge A. Bustos y al personal del Museo Histórico Regional Emma Nozzi por brindarnos su tiempo, asistencia y apoyo; a la Dirección de Patrimonio Histórico de Patagones por permitirnos el acceso a las cuevas; a la Sra. Yaya de la Asociación Española Mutualista y Cultural de Patagones por su amable cooperación al acercarnos a la historia “maragata” de Carmen; a todos los vecinos que colaboraron abierta y entusiastamente ya sea permitiéndonos el ingreso a las cuevas de su propiedad como a sus memorias familiares; al personal de la Biblioteca Histórica Provincial de Río Negro y del Museo Antropológico Histórico, Gdor. Eugenio Tello (ambos de Viedma) por su destacada contribución, su calidez y el interés demostrado en la investigación. Al Lic. Diego Aguirre, quien participó en la primera etapa de esta investigación. A la Lic. Sandra Guillermo por su fundamental aporte en el análisis de los restos faunísticos de la muestra y finalmente a la Dra. Cecilia Pérez de Micou por la excelente predisposición para la lectura, sugerencias y evaluación de este trabajo. Agradecemos, asimismo, a los evaluadores por la dedicación en la lectura y las interesantes sugerencias hechas las que, sin duda, enriquecieron el contenido de este trabajo.
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