El Museo Histórico Municipal "Brig. Gral. Juan M. de Pueyrredón", también conocido como Quinta de Pueyrredón o Chacra del Bosque Alegre, ubicado en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, es una de las construcciones mejor conservadas del periodo colonial en la provincia. Su cercanía con la ciudad de Buenos Aires lo volvió un hito patrimonial y no sólo por los sucesos importantes que allí acontecieron, sino por ser uno de los pocos testigos materiales del pasado republicano que se puede visitar actualmente.
El predio y sus construcciones fueron declarados Monumento Histórico Nacional en 1941 y su historia es bien conocida (Actis, 1949; Ibarguren, 1982; Lima, 1999; Moreno, 2017; Renard y Renard, 1990). Fue la residencia de la familia Tellechea, luego de Juan Martin de Pueyrredón y su esposa Calixta Tellechea, quien la recibió por herencia. Allí se dio el famoso encuentro entre José de San Martin y Juan Martín de Pueyrredón, entonces Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, para acordar la campaña emancipadora del Perú. Con el tiempo pasó a ser propiedad del famoso pintor Prilidiano Pueyrredón y luego fue adquirida por la familia Aguirre hacia 1856. Entre 1912 y 1913 fue residencia del presidente Roque Sáenz Peña, y hasta fue la primera sede del San Isidro Club en la década de 1930. La construcción fue testigo de todas esas etapas que dejaron su impronta con agregados y modificaciones, sea por necesidades de uso o adaptación a los estilos y modas de cada época. Lamentablemente, la restauración llevada a cabo a mediados de la década de 1940 transformó por completo los edificios que componen el conjunto, alterando su autenticidad y borrando los testigos de la mayoría de esos cambios. Esta suerte fue la misma que corrieron la mayoría de los monumentos históricos que fueron intervenidos con el objetivo de devolver a los edificios la imagen que supuestamente habían tenido en su “época heroica” (Actis, 1949, p. 20). Bajo este argumento se alteró por completo el sitio adaptándolo a un ideal imaginado y demoliendo todo lo que se creía posterior a 1835. La obra fue dirigida por el Arq. Mario J. Buschiazzo y su equipo del entonces Ministerio de Obras Públicas (MOP), y una comisión local presidida por el presbítero Francisco Actis. Cabe destacar que los criterios Violetianos de restauración se debieron a Buschiazzo y Actis, y que chocaron incluso dentro del MOP entre quienes proponían respetar las distintas épocas presentes en las construcciones y su autenticidad. Uno de ellos fue el arquitecto Jorge H. Lima, quien había realizado el primer relevamiento del sitio y proyecto de restauración, que luego de varias idas y vueltas terminó desvinculándose de la obra, siendo reemplazado por Vicente Nadal Mora y Carlos L. Onetto.
En 2019, a raíz de dos hundimientos que llamaron la atención de las autoridades del Museo, se convocó a personal del Centro de Arqueología Urbana (FADU-UBA) para que se desarrollasen las aproximaciones al campo pertinentes a fin de dar cuenta de la naturaleza de estos elementos. Este hecho dio lugar al inicio de un proyecto de arqueología en el sitio que comenzó por estudiar la dinámica espacial y las características de sus construcciones. Cabe destacar que los tres edificios que constituyen hoy en día el conjunto estudiado (Casa Principal, Casa de Chacareros y Caballeriza) y el complejo de las Barrancas (Figura 1), poseen historias diacrónicas si indagamos en los orígenes de la primera Chacra del Bosque Alegre, y sus funcionalidades han variado a lo largo del devenir del conjunto.

La posibilidad de desarrollar trabajos de arqueología por primera vez en el sitio permitió estudiar tanto facetas invisibilizadas por el discurso patrimonial de mediados del siglo XX, como las transformaciones edilicias en sus distintas etapas, y fundamentalmente acercarse a conocer la verdadera materialidad del sitio y la vida cotidiana que allí aconteció. Estos trabajos permitieron comenzar a sortear la intervención de restauración de la década de 1940 que, como se dijo anteriormente, alteró por completo a todo el conjunto y sus construcciones.
Los trabajos de excavación que se desarrollaron en 2019 tendieron a explicar las causantes de los mencionados hundimientos (evaluando riesgos asociados a estos), como también a indagar en las diversas etapas histórico-funcionales del complejo edilicio. A partir de la excelente disposición de las autoridades del Museo y de los hallazgos-disparadores resultantes de estos primeros estudios, se propusieron medidas a tomar en cuanto a la conservación de estructuras históricas y posibles líneas de investigación a futuro.
Dados los antecedentes constructivos y la etapa de restauración del complejo que integra hoy en día al Museo, se iniciaron en primera instancia tareas de archivo a fin de relevar toda documentación referente a las sucesivas transformaciones y remodelaciones, como también a la materialidad y funcionalidad de cada unidad edilicia. De este modo se relevaron tasaciones e inventarios procedentes de testamentarias, planos e imágenes de los siglos XIX y XX, como así también la documentación de los relevamientos y proyecciones relacionadas a la intervención de la década de 19401.
En segunda instancia se desarrollaron trabajos arqueológicos de campo en la Casa de los Chacareros, Casa Principal y el complejo de las Barrancas, entendiendo a esta última como construcción antrópica. Estas actividades incluyeron cateos de muros, sondeos y excavaciones arqueológicas en el área. Los materiales extraídos fueron agrupados en torno a los niveles identificados, tanto “naturales” como “artificiales” (Carandini, 1997; Roskams, 2003): en los casos en que no pudo observarse con claridad una secuencia de deposición se siguieron niveles artificiales de 10 cm. Donde se evidenciaron unidades estratigráficas asociadas a diversos eventos (como en los casos de rellenos de pozos, destrucción o derrumbe de muros o cimientos), se excavó siguiendo estos niveles.
En el presente artículo se presentan los resultados obtenidos de esta primera etapa en Chacareros, partiendo de la premisa de que cada construcción cumplió un rol (productivo, social, de control del espacio) diferencial a lo largo de la vasta historia que involucra al total del conjunto.
Desde la repartición de tierras efectuada por Garay en el siglo XVI, las tierras donde se emplaza el actual Partido de San Isidro se caracterizaron por su producción cerealera ligada a la provisión de la ciudad de Buenos Aires. Fue en 1706 cuando Domingo de Acasusso, vecino de aquella ciudad, adquirió tierras en la zona por entonces conocida como del Monte Grande para la edificación de una capilla que sirviera al culto de sus pobladores (Almanzi y Jakub, 1978), y como señaló Garavaglia (1993a), no por casualidad dedicada a San Isidro Labrador.
Si bien Montes Grandes (San Isidro), junto con los partidos de Las Conchas y La Matanza acaparaban el 80% de la producción de cereales de la jurisdicción bonaerense durante el siglo XVII, hacia fines del siglo XVIII este porcentaje disminuyó hasta alrededor del 70%, dada la emergencia de otras zonas más alejadas de la ciudad, como San Antonio de Areco y Luján (Fradkin, 2012).
Las chacras bonaerenses, definidas como unidades productivas dedicadas especialmente a la producción agrícola (forrajera-hortícola o triguera), con menos de 40 grandes animales, fueron estudiadas por Garavaglia (1993b). Tras el análisis de inventarios del período 1750-1815, el autor señala que estas unidades productivas poseían un valor menor al de las estancias, pero de ninguna manera despreciable en cuanto a la masa de bienes rurales de la ciudad y campaña2. Del total de las chacras estudiadas, los árboles y cercos, y los edificios (casa del productor, sus galpones, trojes y ranchos anexos, más atahonas, de haberlas) representan el mayor porcentaje del valor total. El tercer rubro está compuesto por los esclavos (17% del total), seguidos por la tierra y los animales.
Las chacras de San Isidro presentan algunas particularidades respecto del resto de la región. En primer lugar, un número mayor de esclavos por unidad productiva: de un promedio de 3,62 para el total de chacras bonaerenses estudiadas por Garavaglia (1993b), en San Isidro se observa un promedio de 5,8 esclavos por propietario. Por otro lado, un número considerable de chacareros ocupados en la producción animal, en función del mercado de Buenos Aires. En este sentido, casi la mitad tenía vacas lecheras, y un 41% poseía novillos, con una media de 23 animales por unidad productiva.
Según se observa en el censo de 1815 analizado por Garavaglia (1993a), la población negra y mulata de San Isidro constituye el 20,5% del total, porcentaje que se eleva al considerar al segmento económicamente activo: uno de cada tres varones mayores de 12 años era negro o mulato. Los altos índices de masculinidad observados nos hablan de la importancia de la producción agrícola en San Isidro.
Volviendo a nuestro caso de estudio, la Chacra del Bosque Alegre fue adquirida en 1808 por Francisco de Tellechea, un poderoso comerciante español perteneciente a la elite porteña3. Tras los sucesos revolucionarios de 1810, como tantos otros peninsulares, Tellechea se vio implicado en la “conspiración de Álzaga” de 1812, por medio de la cual aquel sector de la población pretendía derrocar al gobierno revolucionario e instaurar uno compuesto únicamente por españoles. Ventura, un negro esclavo de Buenos Aires delató la conspiración a su ama, por lo que el alzamiento se vio truncado antes de realizar su cometido. Los sucesos, estudiados en detalle por Mariana Pérez (2015), desencadenaron una serie de castigos que le costaron la vida a varios conspiradores4, entre quienes se encontraba Tellechea, en medio de un complejo entramado de tensiones entre diversos miembros de la elite (criolla y peninsular), y la presión popular. Recordemos que Juan Martín de Pueyrredón, miembro del triunvirato y también perteneciente a la elite porteña, debió ceder a esta presión y dar su visto bueno a la condena del padre de quien fuera su esposa dos años más tarde: María Calixta de Tellechea.
En la “tasación e inventario de esclavos que dejó el finado Don Francisco de Tellechea”5, se observa que eran seis los africanos esclavizados que vivían en “la chácara” al momento de levantarse el inventario6: tres “mina”, dos “congo” y un “rebolo”, dedicados a las labores desarrolladas allí. Cinco declaran saber trabajar en la chacra (sabiendo uno de ellos “sacudir cueros” y otro, siendo baquiano), y el más joven, de 19 años, quien declaró no tener otro oficio que el de cuidar los animales de la chacra. Aunque los seis esclavizados presentes en la chacra están en sintonía con el promedio de 5,8 esclavos por propietario observados por Garavaglia para las chacras de San Isidro, encontramos que el valor per cápita de estos se eleva casi en un 30% (de un valor de 218 pesos per cápita de los esclavizados estudiados en los inventarios de chacras bonaerenses, aquí se observa un valor promedio de 306 pesos). Esto puede deberse al momento post abolición del tráfico esclavista en que se inventariaron los esclavos en cuestión, hecho que conllevó un aumento en los precios, en comparación a las últimas décadas coloniales, además de las particularidades de los esclavizados inventariados en este documento (jóvenes, bozales, sanos y con conocimiento en las labores de la chacra).
De estos documentos se infiere un trabajo agrícola desarrollado en la chacra al comenzar la segunda década del siglo XIX, pero también cierta presencia de grandes animales, elementos que nos permiten repensar las actividades desarrolladas a lo largo del tiempo, y la funcionalidad o funcionalidades otorgadas a la Casa de Chacareros lindera a la casa principal.
En el siglo XVII el sitio pertenecía a Gonzalo de Acosta, y en ese entonces ya tenía arboledas, viñas y olivares (Ruiz Moreno de Bunge, 1998). Hacia el siglo XVIII, la producción de las chacras era de una gran diversidad en función de la demanda del mercado, pero principalmente estaba dedicada a la plantación de frutales, con predominio de los durazneros para leña y fruta (Moreno, 2017). Marcos José Riglos, vecino de la zona, fue testigo de la importancia de la producción hacía 1779:
“El pago de la costa de San Isidro es la despensa de esta ciudad, porque es sin duda el que provee no solo de trigo, miniestras, y berduras más que otro alguno, sino de pescado y de la fruta primera de durasnos, sandías, melones (…)” (Renard y Renard, 1990, p. 22).
Según una tasación de 1799, siendo propiedad de José Luis Cabral, había en la chacra unas 48.000 plantas de durazno y otras 30.000 entre sauces, talas y espinillos en el monte de la barranca (Renard y Renard 1990, p. 22).
Desde su origen hasta entrado el siglo XIX, el uso del sitio fue principalmente productivo. Pueyrredón y su esposa Calixta la recibieron como herencia a principios de 1800 y la usaron esporádicamente como residencia. Todo indicaría que en esa etapa la explotación productiva mantuvo el ritmo de las décadas anteriores. Después de 1850, cuando la heredó su hijo Prilidiano, el sitio atravesó un importante cambio en su uso. Se practicaron reformas en el edificio principal para adaptarlo a una “casa señorial”, como el agredo del pórtico neoclásico de columnas frente al río. En 1856 la compró la familia Aguirre (Moreno, 2017) y se transformó definitivamente de chacra productiva en casa-quinta7. El entorno de la casa se transforma en un parque, se reemplaza el parral por el llamado “jardín de boj” rodeado de magnolias y canteros geométricos, se colocan fuentes ornamentales y se opera sobre la barranca al río (Ruiz Moreno de Bunge, 1998).
Se conoce por “Casa de los Chacareros” a una construcción independiente ubicada a unos pocos metros hacia el sudeste de la casa principal (Figura 2). Su nombre al parecer fue acuñado por el presbítero Francisco Actis, fundador del Museo, y el primer registro escrito aparece en su libro publicado en 1949 (Actis, 1949, p. 40). En los planos de la restauración de principios de la década de 1940 figura como “Casa del cuidador” o “Edificio secundario”. Una publicación del diario La Prensa de 1950 lo refiere como “granero” (La Prensa, 15 de enero de 1950). Por las características constructivas y relación espacial y de cercanía con la casa principal, es poco probable que haya sido la casa de habitación de los chacareros que trabajaban la tierra. Estos seguramente habitaban en otras construcciones aledañas a las áreas de cultivo dentro del gran terreno o “suerte”, algunas de las cuales por ejemplo están registradas en un plano de 1830. Es probable que la “Casa de los Chacareros” haya sido un apoyo al servicio de la casa principal, alojando la cocina, despensas de alimentos, palomar y gallinero, lavadero y habitaciones de servicio (mucamas, cochero, etc.).
La restauración de la década de 1940 distorsionó la imagen de este edificio a tal grado que se asemeja más a una casa de huéspedes que a un edificio de servicio secundario. El estilo, la calidad constructiva, las terminaciones superficiales y los materiales que ostenta desde la restauración, son los mismos que los de la casa principal, es decir, para los propietarios que, para el personal de servicio, lo cual no pareciera tener sentido. Otro aspecto para tener en cuenta es la relación con la población esclavizada que habitaba en la chacra entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Si bien estas personas debían trabajar en Chacareros y servir en la casa principal, es posible que habitaran en otra construcción a distancia de estas, la que en la época se denominaba “ranchería” y cuya calidad constructiva hacía que no fuera considerada en las tasaciones y documentos notariales, razón por la que no tenemos descripción de sus características y ubicación.

El conjunto de chacareros junto con la caballeriza fueron las construcciones que más se modificaron en la intervención de los años 40. Se demolió la mitad de la caballeriza y se cambió su techo inclinado de tejas por azotea plana. En Chacareros, se demolieron las construcciones que se encontraban en el sector noreste -cuyos vestigios pudimos recuperar en la excavación-, se demolió además el piso superior, la fachada sudeste fue completamente demolida y reconstruida a un metro de distancia hacia el sudoeste con la finalidad de que se pareciera a algo solo presente en el imaginario de sus restauradores. Es por esta razón que para entender cómo funcionaba la construcción durante la época de uso de la chacra, es necesario abstraerse de su disposición actual y recurrir a las fuentes históricas y la evidencia arqueológica.
La fuente gráfica más antigua sobre el sitio y en la que figura representada la construcción que estamos analizando, es un plano editado por Cesar H. Bacle con motivo de la venta de la “Chacra del Bosque-Alegre” en 1831. Allí se muestra el trazado del gran terreno que comprendía todavía una legua de largo hasta el río y la planta de las construcciones principales y algunas vistas. La construcción que denominamos Casa de Chacareros figura en el plano como “Corral” y se encuentra ubicada en la misma disposición que en la actualidad, entre la casa principal y las caballerizas, junto al jagüel ubicado al noreste y un “Estanque de agua” hacia el sureste (Figura 3). El edificio era muy simple, de planta cuadrada, y funcionaba dividido en dos: un espacio descubierto delimitado por muros en sus cuatro lados y con acceso por el costado noroeste; y una tira de cuartos con acceso independiente a cada uno por el sudoeste. La construcción era de mampostería de ladrillos asentados en barro. Por la tasación practicada para la venta antes mencionada, sabemos que cumplía los usos de palomar, gallinero, cochera (posiblemente el local ubicado en la esquina oeste), cocina y dependencias del servicio de la casa principal8. El corral, que en el plano parece cerrado por muros de mampostería, en la tasación se lo menciona como un cerco compuesto por “406 postes” con “sinchas de sauce con dos palmas en la puerta” (CNMyMH 1942, p. 358). No podemos confirmar si se trata del mismo corral o había dos: uno de mampostería y perteneciente al edificio de chacareros, y otro de palo a pique separado de los edificios principales, posiblemente coincidente con la estructura circular referenciada en el plano como “Estanque de agua”, que debe ser un error ya que está muy alejado del jagüel (única fuente de abastecimiento). Esta última hipótesis es factible considerando la cantidad de animales que había en existencia en la chacra: 8 bueyes, 7 caballos, 1 mula, 1 toro, 4 vacas lecheras y 8 terneras9.

En el patio de esta unidad constructiva fue detectada por parte del personal del Museo una depresión que podía implicar un potencial riesgo paro los visitantes. Presentando dimensiones aproximadas de 1 metro de diámetro, había sido rellenado en diversas oportunidades durante los últimos años, manteniendo siempre una tendencia a acentuarse con el paso del tiempo (Figura 4).

Se delimitó el área (sondeo 1) y se excavó con pala y cucharín, extrayendo un profundo lente compuesto por escombros y basura (baldosas modernas, fragmentos de bolsas y cintas plásticas). Hacia el sector sudoeste se despejó una hilada de ladrillos en superficie, continuándose con otras en profundidad, conformando una estructura subterránea interpretada como el cimiento de una pared original demolida durante la restauración de la década de 1940. Este cimiento está construido con medios ladrillos de distinto formato y cronología (entre fines de siglo XVIII y principios del XIX), asentados en mortero de cal, y presenta 10 hiladas de altura, apoyando a una profundidad de 53 cm (Figura 5). El pozo de relleno continúa en profundidad hasta los 95 cm, donde se observa un cambio en la matriz que indica el inicio de la formación natural de suelo (suelo con estructura, de color oscuro y composición limo-arcillosa).

Entre el relleno se observó gran cantidad de escombros y restos de materiales de construcción de distinta cronología: ladrillos fracturados, restos de contrapiso de cemento, fragmentos de baldosas francesas de finales de siglo XIX (“Louis Riguad” y otras marcas), posiblemente perteneciente al solado que existía en dicho patio hasta la década de 1940, tal como figura en los planos de restauración. También se hallaron materiales modernos y fragmentos de plástico en los distintos niveles, lo cual indica que el relleno es de época reciente (últimas décadas). Sobre el perfil noreste del sondeo se halló un estrato con una gran concentración de ladrillos fechados entre finales de siglo XVIII y principios del XIX, que se encontró muy compactado, no pareciendo corresponder al derrumbe de una estructura, sino la depositación de una antigua demolición.
Siguiendo la línea de los cimientos antiguos, observamos que estos continuaban hacia el noroeste, paralelos a la línea de galería actual, en forma coincidente con lo observado en el plano de momentos de la reforma (Figura 6). En este se graficó una pequeña estructura subterránea lindera a los cimientos descritos, de cuya presencia no pudimos encontrar indicios (Sondeo 2).

El sondeo 2 es una unidad excavada siguiendo el cimiento hallado en el Sondeo 1 hacia el noroeste, ubicada entre dicho cimiento y el solado de la galería existente. Se buscaba estudiar la posible existencia de una estructura subterránea que figura en el plano de restauración de 1940 indicada con la leyenda “sótano”. Dicho sótano se presumía de similares características al que todavía se conserva debajo de la biblioteca de la Casa Principal. Dada la estrechez del espacio libre (entre el cimiento y el piso enladrillado de la galería) para plantear el sondeo (38 cm de ancho) y la gran concentración de raíces, fue muy difícil profundizar la excavación. Se excavó hasta una profundidad de 31 cm, sin hallarse signo alguno de la presencia del sótano en cuestión. La tierra extraída de la unidad formaba un relleno con poca presencia de escombro, asociado a los movimientos de tierra durante las obras de reforma de 1940. Entre los principales materiales hallados podemos mencionar: 1 fragmento de teja colonial (siglo XVIII), 1 clavo de sección cuadrada forjado a mano (siglo XVIII), 1 fragmento de vidrio de botella color verde (siglo XX), 1 fragmento de aislante eléctrico de porcelana (siglo XX) y 5 fragmentos de loza blanca, 2 decorados en azul, fechados entre fines de siglo XIX y principios del XX. En la primera capa de relleno, se halló una moneda nacional de 1919 con la leyenda “República Argentina – 20 centavos”.
Al no poder explicar de manera aislada la funcionalidad o las características del evento que diera origen al hundimiento (sondeo 1), planteamos la necesidad de dilucidar las características de las demás estructuras presentes en el patio (sector noreste de la casa de los Chacareros). Observándose en superficie un sector de piso enladrillado, se planteó su limpieza en un área de 3 x 6 m, despejando el sedimento que cubría al sector enladrillado del patio. Se extrajo sedimento a profundidades variables, nunca superando los 5 cm de profundidad hasta dar con los ladrillos. Una vez despejado este sector, se extendió la excavación en dirección al Sondeo 1 y a los muros norte y oeste, siempre respetando la profundidad máxima de 5 cm (Figura 7).

Se procedió al mapeo de las estructuras recuperadas reconociendo su relación estratigráfica y cronológica en una matriz de Harris (Harris, 1991) (Figura 8). Se identificaron dos pisos de distinta cronología (8 y 5), siendo el 8 el más antiguo y fechado hacía mediados de siglo XIX; los cimientos de un muro de cerramiento (1) y dos bases de columnas (7) que, según se observa en la Figura 6, fueron demolidos en la intervención de 1940; y otras estructuras indeterminadas (4 y 6). La unidad 10, fechada hacia principios de siglo XIX, corresponde a dos muros de cimiento de 52 cm de ancho que al menos en parte pasan por debajo del piso de la unidad 8, siendo su fábrica contemporánea o anterior al muro perimetral del patio. La estructura 9 corresponde con el arranque de un muro coincidente con el cimiento de la unidad 10 aunque el aparejo y la disposición de los ladrillos son distintos en ambas, perteneciendo a etapas diferentes. Hay que recalcar la relevancia de este hallazgo, ya que los pisos de ladrillos hallados, si bien de distinta cronología, son los únicos originales de toda la chacra, dado que los demás existentes, tanto en la Casa Principal como en Chacareros, fueron producidos en 1940 copiando el formato de los antiguos (Actis, 1949).

En la capa de tierra que cubría los ladrillos, cuya altura variable no superaba los 5 cm de espesor, se recuperaron distintos materiales culturales (Figura 9). Este relleno lo asociamos a los movimientos de tierra durante los trabajos de demolición y reformas de la década de 1940. La fuerte presencia de objetos de uso cotidiano podría indicar que entre los movimientos de tierra se alteró un pozo de basura y que parte de ese relleno terminó cubriendo las estructuras de ladrillos. Los materiales recuperados en esta unidad son:

Por último, se practicó un sondeo para estudiar la estratigrafía por debajo del piso de ladrillos hallado y su relación con el muro perimetral del patio (Sondeo 3). Dada la estrechez del espacio libre para hacer el sondeo (35-40 cm de ancho) y la gran concentración de raíces, fue muy difícil profundizar la excavación. Se excavó hasta una profundidad de 60 cm, observando que el relleno de tierra negra y el perfil del cimiento continuaban en profundidad. El cimiento se ensancha 3 cm a los 30 cm desde la cota superior del piso de ladrillos (Figura 10). Los ladrillos del muro de cimiento son de formato y tamaño regular: 17 cm de ancho y 4 cm de espesor, asentados en mortero de barro. Los ladrillos que conforman el piso son de formato más irregular con un espesor promedio de 3,5 cm. Entre la tierra extraída de la unidad se hallaron fragmentos de ladrillo y algunos pocos de loza. A los 24 cm de profundidad respecto al piso de ladrillos se detectó una capa compactada de ladrillos fragmentados coincidiendo con el ancho del sondeo. Materiales recuperados en el sondeo: 3 fragmentos de loza creamware (principios de siglo XIX), 1 fragmento de adorno de porcelana o juguete (siglo XIX-XX), 1 fragmento de loza decorada de motivo Willow Tree (siglo XIX-XX), y un fragmento de cerámica roja esmaltada color marrón (siglo XVIII).

Como vimos, la Casa de Chacareros antes de la reforma de la década de 1940 era bastante diferente de como la conocemos ahora. Gracias a los dibujos y planos de relevamiento realizados por Vicente Nadal Mora y Jorge Lima antes de la intervención10, conocemos con bastante precisión como era la construcción, ya que solo se conoce una sola fotografía del edificio en su aspecto anterior y se trata de una vista exterior (Figura 2). Sobre las estructuras de ladrillos halladas en el patio había un recinto cerrado con piso de ladrillo coincidente con la unidad estratigráfica 8 (ver Figura 8). Hacia el sureste, el espacio funcionaba como un semicubierto con un cerramiento de madera y alambre tejido entre las columnas, y piso de “baldosa colorada”. Este piso estuvo colocado sobre los ladrillos hallados en ese sector, como un agregado o reforma, y si bien no quedó ninguna baldosa in situ, posiblemente se asocie a los fragmentos recuperados en el sondeo 1. Estas baldosas fueron fechadas entre fines de siglo XIX y principios del XX, por lo que el piso de ladrillos lo ubicamos hacía la segunda mitad del siglo XIX. La cubierta de este espacio debió ser de paja, sin embargo, la fuerte presencia de clavos de sección redonda en la capa de tierra que cubría los ladrillos de ese sector nos podría indicar que en su última etapa tuvo un techo de chapa, seguramente de zinc. Sobre la pared que cierra al patio por el costado noreste había tres ventanas que fueron cegadas. Estas eran de materiales y dimensiones muy distintas entre sí, con y sin reja, lo cual indica que su colocación fue en distintas etapas y posiblemente respondiendo a distintas necesidades.
La construcción también tuvo dos sótanos que figuran en el plano de la Figura 6 en color verde. Estos locales subterráneos eran del mismo tamaño que las habitaciones ubicadas por encima de ellos, y se accedía atravesando una compuerta de madera de aproximadamente un metro de lado. Fueron rellenados en la reforma de los años 40 y sus características debieron ser similares al espacio que todavía existe por debajo de la biblioteca del Museo ubicada en la casa principal. Originalmente debieron funcionar como despensas para guardar alimentos.
Para entender el uso y funcionamiento de esta construcción a lo largo del tiempo, no solo es necesario abstraerse de su forma actual, sino adentrarse en los modos de habitar de cada época. Sobre la casa de campo y la vida en las estancias bonaerenses, Ezequiel M. Real de Azua, hace una descripción de las características de la vivienda de los peones o chacareros hacia el siglo XIX, que nos permite acercarnos el posible uso de esos espacios:
“La casa de peones era una vivienda muy rudimentaria (…) había un cuarto con fogón en el centro, a veces sin chimenea evacuando el humo por la puerta y una pequeña ventana, generalmente sin batiente. (…) Algunos [peones] tendían su recado en la misma cocina, otros en pequeños dormitorios con las cuatro paredes, una puerta y piso de tierra y el resto o los forasteros iban al galpón. (…) Las dependencias principales eran grandes galpones sobre pilares o paredes, con cubierta de paja y tenían como principal objeto almacenar los frutos (lana, cueros, etc.), que luego larga tropa de carretas debía transportar a los centros poblados de acopio.” (Real de Azua, 1944, pp. 447-448).
Es decir, una arquitectura muy simple donde los espacios de habitación y acopio de la producción no se diferenciaban demasiado. Las transformaciones en general respondían a cambios en la escala o densidad de ocupación que a nuevas necesidades o mejoras de calidad.
A partir del análisis interdisciplinar de las diversas etapas por las que pasó el conjunto estudiado desde tiempos coloniales hasta nuestro siglo, fue posible dimensionar y acercarnos a cada una de las modificaciones edilicias que fueron respondiendo a cambios productivos y en el uso del espacio del actual Museo Pueyrredón, conjunto atravesado por un intenso e interesante proceso de patrimonialización desarrollado desde el Estado. Estas observaciones, a su vez, se vieron enriquecidas por un abordaje arqueológico de la materialidad existente tanto por encima del piso en el que caminamos como por debajo de este. Abordaje que permitió develar etapas constructivas y materialidades concretas, asociadas al uso cotidiano del espacio en el pasado.
El objetivo de este trabajo fue el de realizar un primer acercamiento al estudio del sitio desde la arqueología, proponiendo a la práctica arqueológica como una herramienta importante con que contamos al momento de indagar en el pasado, pero también como una herramienta con un gran potencial para aportar a la problematización y desarrollo de procesos de patrimonialización. En cuanto al caso desarrollado en el presente estudio, cabe destacar que se trata de una etapa inicial de trabajo en conjunto con las autoridades del Museo Pueyrredón, que si bien ha dado buenos resultados hasta el momento –considerando las búsquedas y necesidades del Museo como institución moderna y en constante proceso de re-pensarse y relacionarse con la comunidad-, necesita de la continuidad del trabajo investigativo en diálogo interdisciplinar para poder ahondar en los objetivos generales planteados.
En cuanto a la Casa de Chacareros en concreto, el piso de ladrillos hallado en el sector noreste del patio fue uno de los hallazgos más significativos de la intervención. Por un lado, porque nos permitió conocer la complejidad de esa unidad, tanto en su materialidad como en la superposición de etapas constructivas, y por otro, porque junto con el piso de baldosas del fondo del aljibe de la casa principal, son los únicos solados originales del sitio, ya que los demás existentes en el museo fueron reemplazados en la restauración de 1940. En este sentido, se desprendió la necesidad de continuar los estudios en este sector en sucesivos trabajos de campo y la importancia de su conservación y exhibición in situ como testimonio material auténtico. Consideramos que estos elementos son fundamentales para invitar a la reflexión en torno al patrimonio, entendido como un recurso no renovable donde las acciones e intervenciones sobre el mismo son irreversibles.
Al equipo y pasantes del Centro de Arqueología Urbana que participaron en la excavación: Daniel Schávelzon, Martín Nerguizian Raris, Carolina J. Sánchez, Juan Cruz Balbarrey, Santiago Vidal Pouchan, Florencia Roa, María Victoria Fernández, Camila Ibarra y Federico Tamborenea. A Patricia Frazzi y Mario Silveira por responder a nuestras consultas. A Tainá Romero García por la traducción del resumen al portugués. A la Subsecretaría General de Cultura de la Municipalidad de San Isidro desde donde se financió la investigación, y a las autoridades y equipo del Museo que hicieron posibles los trabajos: Eleonora Jaureguiberry, Cecilia Lebrero, Karina Alvarez y Cecilia Bolla. A la familia Nadal Mora, especialmente a Mary e Isabel Lanzón por permitirnos acceder a su archivo.
1 Se realizó una recopilación de planos, documentación y fotografías históricas referidas al sitio en los principales repositorios documentales: CeDIAP (conjunto de planos que documentan la intervención de la década de 1940); Fototeca AGN; Archivo de sucesiones y testamentarias AGN (sucesión de Francisco Tellechea, donde se registra la tasación del sitio en los ramos de carpintería, albañilería, herrería y vidrios, y existencias en la casa en 1812); Archivo y Biblioteca del Museo Pueyrredón (plano de la chacra editado por Bacle c. 1830); Archivo Histórico Municipal de San Isidro - Museo Quinta Los Ombúes (artículos periodísticos sobre el sitio, y conjunto de fotos y documentación sobre la restauración en la década de 1940 por el Arq. Jorge Lima); Archivo Familia Nadal Mora (bocetos y dibujos del relevamiento realizado por Vicente Nadal Mora antes de la restauración de 1942); Archivo Histórico Provincial "Ricardo Levene"; Biblioteca FADU-UBA.
2 En promedio, el valor de las chacras llega al 55% del de las estancias, porcentaje que se eleva al analizar puntualmente las chacras de San Isidro para el período 1750-1815 (Garavaglia, 1995).
3 Tellechea fue dos veces regidor (en 1797 y 1809) y Alcalde de 2do voto del cabildo en 1805.
4 Tellechea confiaba en que sus esclavos de San Isidro iban a participar como soldados tras el levantamiento, sin embargo, al ser indagados por las autoridades estos no dudaron en declarar contra su amo y brindar detalles sobre sus opiniones contrarias al gobierno revolucionario. Pérez (2015, p. 26) comenta que “junto al conocido comerciante Martín de Álzaga, fueron detenidos y ajusticiados su yerno, Matías La Camera, el rico comerciante Francisco de Tellechea, el comandante de artillería Santiago Castellanos, el director de la escuela de matemáticas y reconocido militar Felipe Sentenach y el contador del tribunal de cuentas Francisco Valdepares”.
5 AGN, Sala IX 42-1-7, exp. 11. Testamentaria Tellechea, Francisco nro. 8457.
6 El total de esclavizados inventariados es de 18, entre “el servicio de la casa” (en Buenos Aires), “la barraca” y “la chacara”. Sobre estos últimos: Sebastián, “negro mina”, 28 años, baqueano, dice saber trabajar, es sano (tasado en 300 pesos); Manuel, “negro congo”, 24 años, dice saber sacudir cueros y trabajar (329 pesos); Francisco Barcu, “negro mina”, 24 años, dice saber trabajar, es sano (300 pesos); Luis, “negro rebolo”, 22 años, dice saber trabajar, es sano (320 pesos); Pedro, “negro mina”, 36 años, dice saber trabajar, es sano (290 pesos); Thoribio, “negro congo”,19 años, dice saber cuidar a los animales, es sano (300 pesos).
7 Por casa-quinta se define a una segunda casa ubicada en las afueras de la ciudad, con jardines, para usar como lugar de descanso y veraneo (Ruiz Moreno de Bunge 1998: 21).
8 “Tazación hecha pr el mtro de la ciudad en el ramo de carpinta, qe subscribe, de una casa en la costa de Sn Isidro de la propiedad de Dn Juan Martín Puyrredón, á pedimto de dho Sor, á plata efectiva” (fechada 20 de octubre de 1831), publicada en: CNMyMH 1942. La descripción de los locales correspondientes a Chacareros figura en las páginas 355 a 358.
9 AGN – Archivo de Sucesiones y Testamentarias – Testamentaria Francisco Tellechea (1812), Nº 8457, f. 111.
10 En el Cediap se conserva un conjunto de 70 planos con las distintas intervenciones en el sitio. El relevamiento de Lima fue en parte publicado en la Revista de Arquitectura en 1943. La familia de Nadal Mora conserva en su archivo un cuaderno con el relevamiento realizado por Vicente que le sirviera de base para los planos por él ejecutados y que pudimos consultar para el presente trabajo.
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