El objetivo preliminar de este trabajo es contribuir a caracterizar la vida cotidiana en la frontera en la segunda mitad del siglo XIX. Las fronteras internas de este período constituyeron un ámbito social, político, cultural, simbólico y geográfico muy complejo en donde se desarrollaron diversos procesos de negociación, poder y construcción de identidades. Esta fortificación funcionó como un enclave donde se desarrolló una compleja comunidad fronteriza compuesta por una diversidad de actores sociales. El conjunto artefactual se destaca por su diversidad, reflejando un amplio espectro de actividades y representantes sociales. Los trabajos de campo han permitido obtener un corpus artefactual abundante y diverso, que permite interpretar la organización espacial del sitio, las actividades que allí se desarrollaron y la temporalidad de su ocupación. El análisis del conjunto arqueofaunístico recuperado en el Fuerte General Paz brinda información sobre el consumo de los recursos faunísticos, estableciendo una primera identificación taxonómica. Este estudio enfatiza en el papel preponderante que tuvieron algunas especies en la alimentación de la población de la Frontera Oeste durante la segunda mitad del siglo XIX, determinando un consumo mayor de especies introducidas, principalmente Bos p. taurus y Ovis o. aries; y en menor proporción Equus f. caballus, Ozotoceros b. celer, armadillos y Nothura maculosa.
The preliminary objective of this work is to contribute to characterize the daily life in the frontier in the second half of the XIX century. The internal borderlines of this period constituted a very complex social, political, cultural, symbolical and geographical field where several processes of negotiation, power and identities were developed. This fortification worked as a settlement where it was developed a complex borderline community composed of a variety of social actors. The artefactual assemblage outstands because of its diversity, reflecting a wide range of activities and social representatives. Fieldworks have allowed obtaining an abundant and diverse artefactual corpus, which allows interpreting the spatial organization of the site, the activities carried out in it, and the temporality of its occupation. The analysis of the archaeofaunistic assemblage recovered in the General Paz Fort, gives information about the consumption of the faunistic resources, establishing a first taxonomic identification. This study focus in the chief role that some species had in the feeding of the population in the West Borderline during the second half of the nineteenth century, determining a higher consumption of the introduced species, mainly Bos p. taurus and Ovis o. aries; in a lesser proportion Equus f. caballus, Ozotoceros b. celer, armadillos and Nothura maculosa.
O objetivo preliminar deste trabalho é ajudar a caracterizar a vida diária na fronteira na segunda metade do século XIX. As fronteiras internas deste período foram una área geográfica muito complexa nos aspectos político, cultural, simbólico e social , onde vários processos de negociação, poder e identidade foram desenvolvidos. Esta fortificação funcionava como um enclave fronteiriço onde existiu uma comunidade complexa composta de uma variedade de atores sociais. O conjunto artifactual destaca-se pela sua diversidade, refletindo una amplo especto de atividades e representantes sociais. Os trabalhos de campo produziram um rico e diversificado corpus artefatual, que permite interpretar a organização espacial do sitio, as atividades nele e a natureza temporária da sua ocupacao. A análise do conjunto arqueofaunístico recuperado no Sítio Forte Geral Paz enfatiza informações sobre o consumo de recursos animais, chegando asim a uma primeira identificação taxonômica. Este estudo apoia-se no papel preponderante desempenhado por algumas espécies na alimentação da população da Fronteira Oeste durante a segunda metade do século XIX, determinando o aumento do consumo de espécies introduzidas, principalmente Bos p. taurus e Ovis o. aries; em menor escala Equus f. caballus, Ozotoceros b. celer, tatus e Nothura masculosa.
El presente trabajo forma parte de las investigaciones arqueológicas que se vienen desarrollando en la zona en el marco del Proyecto Arqueológico Fuerte General Paz, dirigido por Juan Bautista Leoni, radicado en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. El sitio arqueológico Fuerte General Paz se localiza en el partido de Carlos Casares (provincia de Buenos Aires), a unos 24 km al suroeste de la localidad de Carlos Casares (Figura 1), y su emplazamiento está marcado por un monolito conmemorativo erigido en 1969,centenario de la creación del fuerte. Funcionó como comandancia de la frontera oeste entre 1869 y 1877. El gran tamaño y la variada composición de la guarnición de este fuerte, lo convirtieron en un importante enclave fronterizo, de función central en la ofensiva militar, pero también en un polo que aglutinó a variada población civil eurocriolla e indígena.

Aunque está emplazado dentro una propiedad privada, el sitio fue declarado Monumento Histórico Nacional el 23 de mayo de 1983. El sector donde está erigido el monolito presenta la mayor elevación topográfica relativa en la zona, y podría haber constituido el reducto central del fuerte. El terreno disminuye su altura gradualmente al alejarse de esta elevación, aunque pueden encontrarse algunas lomadas largas y suaves, alternadas con partes más bajas. Estas lomadas, de unos 100 m de largo se alinean en dirección norte-sur de forma paralela a los dos lados del montículo central. Parecen ser de origen cultural, y constituirían los restos de los edificios y/o muros del fuerte. Hacia el sur y el suroeste el terreno es marcadamente más bajo, con presencia de lagunas permanentes y semipermanentes.
Los informes elevados por los sucesivos comandantes de la Frontera Oeste permiten, aunque no sin contradicciones, conocer el aspecto que tuvo el fuerte y los cambios que fue sufriendo a lo largo de su existencia (Archivos del Ministerio de Guerra y Marina (MGM) 1870, 1873, 1874, 1875, 1876; Leoni et al. 2007a). Así, podemos saber que el fuerte tenía un núcleo o ciudadela que consistía en un cuadro de unos 150 m de lado, conteniendo gran número de edificios que servían para diversas funciones específicas (comandancia, mayoría, hospital, botica, comisaría de guerra) así como para el alojamiento de la tropa, de sus familias y de la población civil asociada al fuerte. En el centro del fuerte se hallaba un reducto de tierra en forma de estrella de seis puntas, equipado con cañones y un mangrullo de vigilancia. Todo el conjunto estaba circundado por un foso y un talud. Junto al fuerte se construyeron corrales para las caballadas y ganado, y potreros para la siembra de alfalfa y maíz. Su existencia estuvo marcada por la participación de su guarnición en diversas acciones bélicas frente a incursiones indígenas, como la batalla de San Carlos, en 1872 y en las acciones relacionadas con el levantamiento de Mitre en 1874, así como por epidemias de viruela y cólera (Sigwald Carioli 1981; Thill y Puigdomenech 2003; Leoni et al. 2006; Leoni et al. 2008).
Desde 1850, el proceso expansionista del gobierno nacional representó la fase inicial de la hegemonía de una clase conformada por comerciantes y políticos liberales cuya finalidad era insertar a la Argentina en un mercado internacional, como proveedora de bienes alimenticios, por su enorme reservorio de tierras fértiles no explotadas y su clima templado (Cornblit et al. 1965). Asegurar la frontera interior fue una meta esencial de esta política, para lo cual se establecieron diversas y sucesivas líneas de fronteras que delimitaron las jurisdicciones entre la sociedad hispano criolla y los grupos originarios, con el objetivo final de expansión hacia la Patagonia. En el marco de estas políticas, se construyeron una serie de fuertes y fortines, cuya finalidad era controlar y avanzar sobre el “Camino de los indios a Salinas Grandes” (Langiano y Merlo 2013) y posteriormente el avance sobre la zona oeste de la provincia de Buenos Aires (Frontera Oeste). Estas líneas de avance y conquista de territorios se fueron estableciendo en diferentes períodos desde la época colonial, entre 1810-1828, durante 1833 y 1834 y especialmente entre 1852-1876, cuando se inició el movimiento de la Frontera Sur y luego Frontera Oeste, y se consolidó el dominio de la Patagonia y La Pampa. Durante este último período se construyó la serie de fuertes y fortines que formaban la Frontera Sur para controlar el mencionado camino. Al Noroeste de la actual provincia de Buenos Aires se crean una serie de puestos fortificados, como Bagual (1869), Fuerte General Paz (1869), Loncagüé (1863), Illescas (1863), Cla lafquén (1863), Picaso (1855), Pozo Pampa (1858), Tapera de Hinojo (1863), Tapera del Médano (1863), entre otros (Thill y Puigdomenech 2003; Merlo et al. 2015).
Ante la presión de la Confederación y la presencia aborigen, los porteños decidieron concertar tratados de paz con Catriel y Cachul, guerreros de Calfucurá, que en realidad eran concesiones donde otorgaba a los indígenas grados militares, honores, yeguas, mercaderías, etc. A pesar de esto, en 1857, Calfucurá, con el aval de Urquiza, atacó al pueblo de 25 de Mayo y a los partidos de Rojas y Pergamino, derrotando al coronel Emiliano Mitre. Fue así como en 1858, el poder indígena alcanzó la expansión: Calfucurá, llegó a Bahía Blanca e invadió Azul, las fronteras se volvieron muy vulnerables. El Congreso de Paraná autorizó al General Urquiza para que sometiera a la fuerza al Estado de Buenos Aires; el 23 de octubre de 1859 Mitre fue derrotado en la Cañada de Cepeda y como consecuencia, se firmó el pacto de San José de Flores o de la Concordia Nacional. De este modo, la provincia de Buenos Aires pasó a ser parte de la Confederación. Dos años más tarde, resurgió el caudillismo y se encendió nuevamente la guerra entre la Confederación y Buenos Aires: Mitre, a cargo del ejército de Buenos Aires, derrotó a Urquiza en la batalla de Pavón, el 17 de septiembre de 1861 (Barros 1975a [1872]). Así se logró la unidad de todas las provincias argentinas y Calfucurá quedó sin apoyo político, pero “aun así el jefe de Salinas Grandes continúa exigiendo la frontera” (Martínez Sarasola 1992: 261). En 1862, una expedición al mando del coronel Julio de Vedia, llegó hasta Leuvucó y Trenel, ganando tierras a los indígenas y se continuó con la práctica de los tratados. Mitre enfrentó múltiples conflictos e intentó frenar la presión aborigen; sin embargo, en 1865, la guerra contra Paraguay derivó los recursos hacia otras zonas y la frontera volvió a debilitarse. Así fue como el 26 de febrero de 1864 el Fortín Bally Manca al noroeste de Tapalqué fue atacado, y Calfucurá dirigió malones sobre Tres Arroyos, Claromecó y Tapalqué. Cuando Sarmiento asumió la presidencia (1868-1874) se continuó con la política de los tratados, intentando debilitar a las comunidades indígenas. No obstante, los grupos al mando de Calfucurá, invadieron Tres Arroyos y Bahía Blanca en 1870.
Durante la presidencia de Avellaneda, en 1874, se suscitaron conflictos políticos y militares y la frontera quedó desguarnecida. Según Martínez Sarasola (1992), el ministro de Guerra de la Nación, Adolfo Alsina, propagó la ejecución de un plan de avance paulatino, un proyecto de ocupar territorios progresivamente. Adelantó la frontera y trazando un gran arco que unía Bahía Blanca con Mendoza, y con la finalidad de alcanzar el Río Negro. La exploración de los territorios que querían ocupar se dispuso sin una planificación adecuada que contemplara a los indígenas y sus intereses. Esto provocó la molestia de Namuncurá y la sublevación general de los Catrieleros en diciembre de 1875. El resultado alcanzado por el avance de cinco divisiones se centró en el emplazamiento de poblados, la construcción de fuertes, de fortines, la denominada “Zanja de Alsina” y la extensión de redes telegráficas para facilitar las comunicaciones (Merlo 2014). En 1877, Alsina informó que “el telégrafo militar arranca en Azul, empalmando el hilo colocado para el gobierno sobre los postes del Ferro-Carril del Sur y continúa siguiendo el camino, hasta el Fortín Trabajo que se encuentra en la línea de comunicación entre Lavalle Sur (Sanquilcó) y Carhué” (Alsina 1977 [1877]: 81). Una vez en Fuerte Lavalle Sur la comunicación siguió directamente hacia Carhué por el Camino de los Chilenos. Este camino se hallaba cubierto por fortines construidos en los puntos más importantes y “oficinas telegráficas quedan establecidas en: Azul, Olavarría, Lavalle Sur y Fortín Fe” (Salvaire en Hux 1979: 33). En 1878 el Poder Ejecutivo envió un mensaje al Congreso diciendo que la población civilizada se extendía por millares de leguas más allá de la línea de fronteras que había legado el Virreinato; la riqueza pública y privada de la Nación se había centuplicado (Lugones 1938).
El ejército de Roca llegó a Choele Choel en 1879, continuando por las orillas del Río Negro hasta la confluencia del Limay y el Neuquén y las primeras estribaciones de la cordillera andina. Esta expedición no solo dio al gobierno nacional el dominio de grandes territorios sino que ofreció valiosa información sobre su topografía, clima, flora, fauna etc. Podría decirse que la denominada Campaña del Desierto produjo “un desplazamiento paulatino de la frontera y la ocupación del territorio” (Carmagnini1984: 22), logrando de este modo alcanzar plenamente los objetivos planteados por la dirigencia política del siglo XIX. En efecto, la República entró en posesión plena de miles de leguas que fueron incorporadas a lo que se consideraba “civilización y progreso”. Este proceso implicó un avance sin precedentes sobre los territorios indígenas que, particularmente en su última etapa, costó miles de vidas y provocó un verdadero etnocidio.
Simultáneamente con la expansión de la Frontera Sur se extendió la Frontera Oeste. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX la línea de fronteras fue avanzando gradualmente hacia el Suroeste, incorporando más tierras al control efectivo del estado nacional. La fundación del Fuerte Loncagüé (1863), que luego se trasladó al Fuerte General Paz, fue producto del avance de la línea efectivizada durante la presidencia de Mitre, que buscaba extender la frontera, 96 km (20 leguas) más al Oeste de la línea de frontera existente en ese momento. Este proyecto recién se concretó hacia fines de la década de 1860, durante la presidencia de Sarmiento, trazándose la nueva línea bajo la dirección del coronel de ingenieros Czetz. Ahora la Frontera Oeste abarcaba una longitud de unos 197 km en dirección Noroeste-Sureste, quedando el Fuerte Loncagüé (1863), el Fortín Illescas (1863), el de Pozo Pampa, la Comandancia Cla lafquén y varios fortines que la componían en territorios del Partido de 9 de Julio y el Fuerte General Paz en el distrito actual de Carlos Casares (Thill y Puigdomenech 2003).
La historia del Fuerte Loncagüé comenzó con el amotinamiento del contingente de soldados entrerrianos enviados como refuerzos al regimiento 5 de Caballería de Línea a luchar contra los porteños. Tras una escaramuza que causó varios muertos y heridos, el movimiento fue sofocado. El comandante de la Frontera Oeste, coronel López Osornio, ordenó el fusilamiento de doce le los sublevados que encabezaron el motín; y luego de un consejo de guerra, fue ejecutado el cabecilla Chamorro (Thill y Puigdomenech 2003). Frente a este suceso, el coronel López Osornio, asumió la jefatura de la Frontera Oeste, inició el adelanto de la línea de frontera desde el campamento de Loncagüé en cumplimiento de órdenes recibidas del Ministerio de Guerra, estableciendo su comandancia en el “Médano de la Estaca” (Leoni et al. 2006). En noviembre del mismo año el coronel Boerr reemplazó al anterior comandante y continúa las tareas de fortificación de la línea fronteriza. López Osornio se trasladó al fortín Loncagüe, donde fijó su residencia hasta que tomó el mando el teniente coronel Solano. Asimismo, las tribus de “indios amigos” de Coliqueo, Manuel Grande y Tripailaf mantenían contingentes en el Fuerte Paz. Desde allí contribuyó a la defensa de 9 de Julio (MGM 1870 a 1876; Thill y Pugdomenech 2003).
Por otro lado, según la revisión de las Memorias de Guerra y Marina correspondientes al período de actividad de la Frontera Oeste, las estructuras de barro y paja que formaban la mayor parte de los edificios dentro del Fuerte Paz eran frecuentemente renovadas y se levantaban nuevos edificios de acuerdo a las necesidades de cada momento, a la vez que se añadían construcciones específicas como cementerios, corrales, escuela y viviendas civiles en las cercanías. Un episodio clave en términos arquitectónicos y de organización espacial del fuerte estuvo dado por los sucesos relacionados con el levantamiento de Bartolomé Mitre contra el gobierno de Avellaneda en 1874. A raíz de esto, las tropas de la Frontera Oeste, que permanecieron leales al gobierno, fueron movilizadas para contrarrestar el levantamiento, abandonando los fuertes y fortines fronterizos. Al retornar varios meses después se realizaron en el Fuerte Paz tareas significativas de reconstrucción, pues los antiguos edificios estaban destruidos en su totalidad o muy deteriorados (MGM 1874, 1875, 1876).
La existencia del Fuerte General Paz estuvo marcada por la participación de su guarnición en diversas acciones bélicas frente a incursiones indígenas, como la crucial batalla de San Carlos (1872), y en las acciones relacionadas con el levantamiento de Mitre en 1874. A esto se le suma problemas sanitarios como las epidemias de viruela (1870) y cólera (1874, (MGM 1870 a 1878; Sigwald Carioli 1981; Thill y Puigdomenech 2003). En marzo de 1876 se comenzó el adelantamiento general hacia el Oeste de la línea defensiva por orden del ministro Adolfo Alsina. El Fuerte General Paz fue reemplazado como sede de la comandancia de la Frontera Oeste, que se trasladó a Laguna del Monte (Guaminí). Sin embargo, siguió funcionando por algún tiempo más como comandancia de la Línea Interior o Segunda Línea de la Frontera, con una pequeña guarnición constituida mayormente por Guardias Nacionales e indios amigos, ante el traslado de las tropas de línea a la nueva frontera (MGM 1877, 1878). Asimismo, según la memoria oral de pobladores de la zona, los edificios del fuerte habrían seguido en pie hasta bien entrado el siglo XX, al igual que un despacho o almacén de ramos generales que se ubicaba a unos 300 m al Oeste del núcleo del fuerte.
En trabajos anteriores (Langiano et al. 2002), se consideró a la frontera como una zona compleja. La situación de complejidad, puede ser definida, para el período mencionado, por la presencia de un sistema de relación interétnica asimétrica donde la existencia de interacciones de subordinación-dominación entre los aborígenes y los eurocriollos produjeron una situación de equilibrio inestable, con aparición de conflictos y episodios de fricción (Cardoso de Oliveira 1977), y generaron una serie de puestos fortificados, con una alta movilidad en sus estrategias de asentamiento, alta variabilidad intersitio y diversidad en la explotación de los recursos naturales.
Algunos investigadores consideran a los asentamientos militares como estáticos y defensivos (Mugueta y Guerci 1997; Goñi y Madrid 1998) resaltando la permanencia de los pobladores en las adyacencias de los fortines, minimizando la movilidad y el avance sobre territorio y poblaciones de pueblos originarios que implicó el sistema ofensivo de las líneas de fortificaciones.
Según Langiano et al. (2002) la alta movilidad de la frontera y su progresivo carácter ofensivo se puede plantear desde la relectura de fuentes escritas disponibles de la época: Mac Cann en (1969 [1853]) registró en sus memorias que la línea de frontera se había extendido con tanta rapidez hacia el Sur y el Oeste, que el pueblo carecía de importancia como punto de avanzada. Crawford describió que “en el caso de los fuertes más pequeños, su misión es servir de puestos de avanzada y como medio de enterar a las tropas de los fuertes más grandes, sobre los movimientos de los indígenas cuando éstos cruzan la frontera”. Asimismo explicó que “la geografía de la frontera es algo confusa a raíz del cambio frecuente de nombres que se dan a los fuertes, ... de manera que muchas veces un mismo fuerte se conoce en distintos sitios con denominación diferente” (Crawford1974 [1884]: 81-90), ejemplos de esto son el Fortín la Parva o Fortín Arévalo, el Fuerte Belgrano, trasladado al Arroyo Sauce Corto con el nombre de General San Martín, el Fortín General Conesa, (que pasó a llamarse Guevara) yel Pozo Pampa, (luego General Acha o Fuerte Lon cagüé, y que posteriormente fue trasladado a la actual zona del Partido de Carlos Casares con el nombre de Fuerte General Paz.
En su trabajo Indios fronteras y seguridad interior, Barros sugirió la necesidad de dar movilidad y avanzar la frontera cuando afirmó la importancia de incorporar nuevas tierras (Barros 1975b [1875]). Pero la sociedad “blanca” y la ”indígena” no constituyeron dos mundos aislados y separados; lo que describía la línea de frontera era más el reconocimiento de las áreas de control de cada sociedad que una verdadera frontera. “Como resultado, una extensa red de circulación comenzó a vincular las distintas partes y regiones de territorio indígenas y a éste en su conjunto, con el territorio controlado por los europeos: esto acentuó la dependencia de cada grupo respecto de los otros y de la sociedad blanca” (Mandrini y Ortelli 1995: 35).
Por su parte, Bechis (1989) postuló que “debemos revisar también el concepto de ‘relaciones de frontera’, ya sea en su acepción de líneas o zonas circunvecinas a la cultura criolla como se usa en general en Argentina, o con el sentido de la frontera como área total indígena como tiende a usarse en Chile. En general, frontera significa contacto, intercambio, aculturación recíproca, modificaciones y cambios de unos por la presencia de otros” (Bechis 1989: 11). Bechis supone que la “fuerte demanda de ganado vacuno en el mercado chileno originó una reorganización de alianza y una fuerte competencia entre cacicatos y entre sub-etnías” y que fue un factor decisivo en la migración hacia el este de algunas parcialidades que no abandonaron su relación con el grupo original chileno en “una especie de táctica geopolítica para ocupar un territorio continuo desde la frontera de la pampa húmeda hasta el territorio chileno” (Bechis 1989: 14-15). Ante esta táctica de ocupación indígena, el gobierno nacional proyectó llevar la frontera sur hasta más allá del Río Colorado.
El trazado de líneas de frontera interior también provocó un cambio en el paisaje. Para los pueblos originarios, el paisaje tiene un determinado sentido, otorgándole a lugares como sagrados, prohibidos, fructíferos, donde se evocan los ancestros, o donde se puede realizar intercambio con otras parcialidades indígenas, donde se crean los mitos y los relatos (Curtoni 2000; Langiano y Merlo 2013).Por otra parte, la percepción occidental del espacio es física, da sentido a la superficie, es material, racional, real, tangible, de orden cartográfico, homogéneo. Esta percepción occidental entra en conflicto con la racionalidad del aborigen que utiliza espacios concretos, localiza, limita o comparte áreas específicas y diversas (Langiano y Ormazabal 2004; Langiano y Merlo 2013).
El análisis mediante miradas diferentes y el empleo de fuentes documentales y cartográficas de la época permite una comprensión del panorama de ocupación del espacio en la frontera (Langiano 2015). Por lo expuesto, se adhiere a los postulados metodológicos de Pedrotta y Gómez Romero, donde el registro arqueológico se complementa con las fuentes documentales de la época (Gómez Romero y Pedrotta 1998). De lo contrario, nuestro análisis se limitaría simplemente a describir y mencionar especies silvestres y domésticas en un mismo nivel estratigráfico y temporal sin poder discernir los contextos sociales que influyeron en la formación del registro arqueológico. El análisis de los recursos arqueofaunísticos se planteó teniendo en cuenta el cambio económico y social del espacio aborigen y la posterior imposición, exclusión, desestructuración y transformación de recursos locales del Noroeste de la provincia de Buenos Aires, en el siglo XIX, en un proceso ofensivo que expulsa distintos grupos aborígenes de su asentamiento y costumbres.
En el SFGP se están efectuando trabajos de campo desde el 2006 (Leoni et al. 2006), en donde se identificaron los diferentes usos espaciales de la fortificación y sus diversos componentes, actividades y prácticas desarrolladas por sus habitantes. Se implementaron distintas técnicas, que incluyen la investigación histórica, cartográfica y aerofotográfica, el reconocimiento sobre el terreno, la prospección geofísica, así como excavaciones sistemáticas permitieron identificar recintos pertenecientes a los edificios del fuerte y una de la zona de descarte (Leoni et al. 2006, 2007b). En este sector, se realizó una recolección superficial sistemática destinada a registrar y recuperar la distribución espacial de los artefactos en el área dispersos por las diferentes actividades agrícolas y acompañadas con excavaciones estratigráficas (Sondeo 4; Figura 2).
La integridad de la muestra arqueológica del SFGP ha sido afectada por diferentes agentes culturales y naturales, procesos que continúan en la actualidad alterando el grado de resolución del registro arqueológico sensu Binford (1981). Por ende, los resultados tafonómicos de la muestra están fuertemente relacionados con los diferentes agentes naturales y culturales que afectaron al sitio, desde los momentos en que los elementos pasan a formar parte del registro arqueológico hasta los sucesos que ocurren en la actualidad. Para establecer el grado de meteorización se debe tener en cuenta que la muestra faunística está compuesta por materiales óseos que representan momentos, que se presumen previos y posteriores a la ocupación del SFGP y a su continua reocupación por población contemporánea.

Para analizar específicamente la metereorización no se tuvo en cuenta los elementos óseos que poseen signos de alteración térmica. La mayoría de los restos óseos de mamíferos estudiados presenta un estadio de meteorización 3 (59%), seguido por el estadio 2 (27%), luego por el estadio 4 (13%) y, en mucho menor proporción, por los estadios 1 y 5 (1%).
El análisis arqueofaunístico se realizó sobre el conjunto total de los taxones recuperados en los diferentes trabajos de campo efectuados en el SFGP, ya que no fue posible diferenciar áreas de descarte que representen diferentes grupos sociales o castrenses. Se registró una importante concentración de fragmentos óseos, que representa el 49% (n=3480) del total de los hallazgos y que se distribuye en sondeos P4 realizados sobre campo arado (ver tabla 1).

En primer lugar, se clasificaron los fragmentos de unidades anatómicas por especies. En el caso de los huesos que no pudieron ser identificados, se los clasificó en las categorías de Mamífero Grande (MG) representado por las especies Bos p. taurus (vaca) y Equus f. caballus (caballo); en Mamíferos Medianos (MM) atribuibles a las únicas dos especies determinadas, Ovis o. aries (oveja) y Ozotoceros b. celer (venado de las pampas) y como Mamíferos Pequeños (MP) al grupo de armadillos que predominan en la zona, Chaetophractus villosus (peludo), Dasypus hybridus (mulita). El mismo procedimiento se efectuó para la escasa presencia de aves (Merlo 2014; Figura 3).

La recuperación de fragmentos óseos de Bos p. taurus predomina notoriamente sobre el resto representando un 97% (n=966) del conjunto. Muchas de las unidades anatómicas se encuentran alteradas térmicamente en los grados de quemado y calcinado, y en menor proporción parcialmente quemado y sin quemar. La mayoría de los restos óseos de esta especie (82%) se encuentra modificada, mientras que un 18% del total no presenta alteraciones. Entre las modificaciones de origen natural se observaron adherencias inorgánicas, marcas de raíces, carnívoros y pisoteo. Las primeras y las últimas predominan sobre el resto y pueden dar cuenta del estado de conservación de la muestra. Las marcas atribuidas a carnívoros son relativamente bajas (n=26) comparadas con el resto de las marcas producidas por procesos naturales. Las modificaciones originadas por agentes culturales que se identificaron muestran una cantidad importante de huellas de corte y de desposte (n=63; ver Figura 4), que se registraron en unidades anatómicas de diferentes partes del esqueleto. Se observó un predominio de huellas de corte en los huesos que representan las zonas de mayor aporte cárnico (e.g. costillas, vértebras lumbares y cervicales, escapula, fémur, entre otros). También se registraron modificaciones antrópicas en aquellos huesos de mediano y bajo rendimiento económico (e.g. astrágalo, calcáneo autopodios, radioulmna, entre otros).

En cuanto a Equus f. caballus, representa el 6% (n=20) de la muestra. En la mayoría de los restos óseos de esta especie, al igual que los de Bos p. taurus (71%), se observan modificaciones naturales y culturales, mientras que un 29% no presenta alteraciones. Entre las modificaciones de origen natural se observaron adherencias inorgánicas, marcas de raíces, carnívoros y pisoteo, entre otras características similares al resto de las especies. También se observaron huellas de corte (n=8; ver Figura 5), que se registraron en diferentes unidades anatómicas. Las modificaciones producidas por alteración térmica presentan un patrón similar a Bos p. taurus pero en menores proporciones.
En la Figura 5 se puede observar la distribución de partes esqueletarias presentes: el cráneo, parte de la extremidades delanteras (autopodio y radioulna), parte del esqueleto post craneal (escápulas, costillas y vértebras cervicales, torácicas y lumbares) huesos de bajo, mediano y alto rendimiento económico. La ausencia de representación de las extremidades posteriores y baja presencia de huesos largos como las costillas se pueden atribuir a diferentes procesos culturales y naturales. Estas partes podrían haber sido utilizadas como combustible, o desmembradas y trasladadas a otros sectores para almacenarlas (charqui) o intercambiarlas con las comunidades originarias, o también podría ser el producto de procesos posdepositacionales.

En la categoría mamíferos medianos (MM) se registraron fragmentos óseos de Ovis o. aries (n=34) que predominan notablemente sobre la de Ozotoceros b. celer (n=1). Este grupo representa el 2% (n=24) del conjunto faunístico analizado en el SFGP. En cuanto a la primera especie se recuperaron fragmentos de unidades anatómicas de alto, mediano y bajo rendimiento económico. A diferencia de los MG se observó una cantidad menor de modificaciones naturales y culturales. En el caso de estas últimas se registraron en pocos huesos (n=3) y en su mayoría son huellas de descarnado y no de desposte. También en mucha menor proporción y en grados menos elevado se observaron alteraciones térmicas (e.g. parcialmente quemado).
En el coxal izquierdo de Ozotoceros b. celer se registraron huellas de corte y de desposte. No se registró de procesamiento por fuego. A pesar de la presencia de una sola unidad anatómica de esta especie se pudo registrar claras evidencias de intervención antrópica (ver Figura 6).
Los mamíferos pequeños (MP), representados por armadillos (Chaetophractus villosus, Dasypus hybridus), constituyen un 1% (n=9) del total. También se registró un fragmento de hueso de ave que se atribuye a un elemento óseo de Nothura masculosa (perdiz común) ave pequeña (AP, n=1). Los restos óseos proceden de las diferentes áreas trabajadas. No obstante, es importante destacar que la concentración de hallazgos arqueológicos de esta especie generalmente se da sobre las zonas más altas del sitio. Se pudo observar en el resto de los sitios trabajados con anterioridad, Fortín El Perdido y Fortín La Parva los armadillos buscaron aquí sectores elevados para realizar sus madrigueras (Mello Araujo y Marcelino 2003; Merlo 2014). Estas especies no solo producen la perturbación del registro arqueológico, también incrementan la presencia de unidades anatómicas no contemporáneas a la ocupación del SFGP. Los restos de peludo (n=13) predominan sobre los de mulita (n=3); en los dos casos corresponden al esqueleto poscraneal y al exoesqueleto, siendo muy baja la presencia de fragmentos óseos alterados térmicamente, a diferencia de lo que ocurre en los sitios Localidad Arqueológica El Perdido, Fuerte Lavalle y Fuerte Blanca Grande. En cuanto a las partes esqueletarias, se encuentran presentes casi todas las unidades anatómicas y solo se registró una huella de corte en un coxal de Chaetophractu svillosus adulto (Figura 7).


La Tabla 2 muestra la distribución, en términos de NISP, NISP porcentual y MNI, de los restos óseos se pudieron identificar a nivel de especie (n=352). Al igual que en el resto de los sitios fortificados investigados, la representatividad de Equus f. caballus dentro del grupo de MG es de menor proporción. Las partes esqueletarias presentes pertenecen, en su mayoría, al esqueleto axial con claras evidencias de huellas de procedimiento. Esta especie, menos representada que Bos p. taurus podría indicar dos situaciones distintas: por un lado, el uso primario de este taxón como medio de transporte; y en menor proporción para consumo, ya que los eurocriollos no acostumbraban a consumir caballos de manera prioritaria. El elevado NISP y MNI de Bos p. taurus y el bajo predominio de huesos de caballos con evidencias de consumo lo corroboran. De todos modos se debe tener en cuenta que las zonas de frontera, especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, la interacción entre los eurocriollos y los pueblos originarios se intensificó. Estas con relaciones diversas, con momentos de alta fricción, y otras pacíficas y de intercambio. Los indios amigos mencionados, anteriormente, pudieron ser las causas del consumo de Equus f. caballus, como lo manifiesta el registro arqueofaunístico del SFGP. Las fuentes documentales de la época, como los escritos de Mansilla sobre los indios Ranqueles, o las descripciones de Parchappe en su campaña militar cuando funda el Fuerte Cruz de Guerra, mencionan el consumo del caballo como una práctica culinaria frecuente (Mansilla 1967 [1879]; Parchappe 1977 [1828]).

Los restos de Bos p. taurus, indican que esta especie fue el recurso económico principal de consumo y de comercio ganadero, altamente representada tanto en los sondeos como de las diferentes transectas y recolecciones superficiales realizadas. Las partes esqueletarias registradas exhiben una alta representatividad de todo el esqueleto post craneal, aquellos huesos que portan las partes de alto, moderado y bajo rinde económico, predominando los individuos adultos sobre los juveniles con evidencias de huellas de procesamiento. También se registró un alto índice de alteración térmica de las unidades anatómicas. Las variables analizadas dan cuenta de la funcionalidad intensamente económica de esta especie en la frontera. Bos p. taurus se tornó en el recurso económico y de intercambio fundamental de gran parte del siglo XIX y que se mantiene en la actualidad a pesar de la introducción masiva de otras especies, como Ovis o. aries o la intensa producción de cultivos.
Existen registros tempranos de la explotación de Ovis o. aires al sur del río Salado, pero la producción masiva de esta especie en la provincia de Buenos Aires se incrementó a partir de 1850, junto a la exportación de lana a Inglaterra. A partir de este periodo se intensificaron y se modificaron los medios de producción en la región pampeana. Se incrementó la incorporación del alambrado, (posterior a 1844) galpones de esquila, tijeras de esquila, bañadero de ovejas, etc. (Barsky y Djenderedjian 2003; Sabato 1989; Merlo 2014). Este taxón se siguió consumiendo durante el período en que funcionó el SFGP.
En cuanto a Ozotoceros b. celer, a pesar de que era una especie en estado de extinción y de que en muchos de los sitios trabajados sobre la Frontera Sur no hay evidencia de su presencia en la Frontera Oeste (Noroeste de la provincia de Buenos Aires). De todos modos, no se descarta la posibilidad de que haya habido un aprovechamiento previo a la fundación de la fortificación o en los primeros momentos su ocupación.
La presencia de armadillos (Chaetophractus villosus, Dasypus hybridus) en sitios fortificados de la región pampeana es muy característica, ya que estos animales de hábitos fosoriales buscan terraplenes o zonas altas de bajo riesgo de inundación para realizar sus madrigueras. Pero no se puede descartar el consumo de estas especies silvestres autóctonas, que son fáciles de cazar y de procesas para consumo. En el SFGP se registró un hueso de peludo con claras evidencias de procesamiento, que se podría haber efectuado en momentos de ocupación del sitio, tiempos previos o posteriores. La resolución del registro arqueológico de la zona no permite definir con precisión estas cuestiones. Las fuentes documentales complementadas con el registro arqueológico ofrecen indicios para considerar el consumo de armadillos por los habitantes de frontera (Darwin 1940 [1833]; García 1974 [1836]; Parchappe 1977 [1828]; Armaignac 1977 [1872]; Gomila [1901] en de Jong y Satas 2011; Merlo 2015, entre otros).
En esta compleja frontera del siglo XIX una mirada desde la Etnohistoria, a través del análisis de la cartografía y de documentos escritos ha permitido la identificación de grupos de pueblos originarios. Esto implicaría un acercamiento inicial para comprender el panorama de ocupación del espacio, tanto por parte de los originarios como de la sociedad eurocriolla, que tuvo períodos de intercambios pacíficos y momentos de fricción que culminaron con la desestructuración y desaparición de gran parte de la población originaria y el ocultamiento de su identidad.
En esta etapa de la investigación, el registro etnohistórico permite plantear un complejo sistema de relaciones interétnicas asimétricas y flexibles en la frontera Oeste al sur del Río Salado. A partir del registro arqueológico, recuperado mediante prospecciones, recolecciones superficiales sistemáticas y excavaciones, se podría considerar la zona del SFGP un lugar estratégico para el intercambio entre las dos sociedades.
En cuanto a la fauna, primordial objetivo de este trabajo, una parte importante de los restos óseos se pudo asignar a especies tanto autóctonas como europeas. Entre las primeras, se registró la presencia de Ozotoceros b. celer con claras evidencias de consumo, mamíferos de menor porte como Chaetophractus villosus, con evidencias de procesamiento (huellas de corte) y la presencia de huesos de otras especies, como Dapsipus hibridus, Nothura masculosa, sin registro de modificaciones antrópicas. Entre los taxa domésticos, Bos p. taurus y Ovis o. aries presentaron mayor abundancia y evidencias de procesamiento cultural; en menores proporciones se hallaron los Equus f. caballus. Las dos primeras especies fueron llevadas al SFGP con fines de consumo y comerciales; en cuanto a la tercera, su función principal fue la de medio de transporte, pero no se descarta su consumo tanto por la sociedad eurocriolla como por los indios. En este punto es importante destacar que esta fauna formó parte de la dieta de los habitantes de la zona de frontera, conforme a las raciones alimenticias que proveía el gobierno.
Los restos arqueológicos sufrieron los procesos postdepositacionales, tanto naturales como culturales generando la migración de materiales de manera vertical y horizontal. Estos procesos, sumados a los factores geomorfológicos, dificultan la distinción de estratos o niveles que puedan haber correspondido a distintos momentos de ocupación del SFGP y sus mediaciones. Pese a la imposibilidad actual de detectarlo arqueológicamente, no se descarta la factibilidad del empleo de recursos faunísticos locales en una primera etapa de la ocupación de la población del lugar, que sí están documentada por documentos escritos. A posteriori, el incremento de colonos en el lugar y la venta de tierras a manos privadas generaron la reducción del aprovechamiento de estos recursos locales, para ser suplantados por la producción y consumo de animales domésticos introducidos que se replica en la actualidad.
Por último, se considera relevante continuar con las investigaciones arqueológicas del paisaje que conforma el SFGP y del impacto ambiental transcurrido en el tiempo, teniendo en cuenta las fuentes documentales y orales que aún pueden recabarse en el lugar. Futuros trabajos de campo, análisis de documentos escritos que mencionen la zona donde se emplazó el SFGP y observaciones más ajustadas sobre los procesos geomorfológicos que afectaron el sitio, permitirán efectuar nuevas interpretaciones sobre la sociedad de frontera, y sobre su influencia en el cambio de consumo sobre la dieta de la población.
El proceso expansionista implementado en el período de formación del estado nacional en la Frontera Oeste (1850-1880) generó la introducción masiva de eurocriollos de diferentes condiciones sociales (terratenientes, hacendados, jueces de paz, sacerdotes, soldados, obreros rurales y sus familias) que interactuaron con las parcialidades indígenas del lugar. Este nuevo incremento poblacional, generó la demarcación de nuevos espacios y la mayor producción de recursos faunísticos domésticos como Bos p. taurus y Equus f. caballus y posteriormente Ovis o. aries, pasando de una economía de explotación diversificada de especies silvestres y domésticas preexistentes, a la producción y consumo de especies introducidas. Estas tendencias fueron observadas en el registro arqueofaunístico del SFGP, al igual que en los sitios de ocupaciones contemporáneas ubicados sobre la Frontera Sur (e.g. Fuerte Blanca Grande (FBG), Fortín La Parva (FLP), Localidad Arqueológica El Perdido (LAEP) y el Fuerte Lavalle Sur (FL).
El registro arqueológico se complementa con las fuentes documentales de la época; de esta manera, se logró discernir los contextos sociales que influyeron en la formación del registro arqueológico. Los hábitos alimenticios evidenciados a través de las huellas de corte registradas en los huesos, podemos afirmar que se consumió Equus f. caballus en bajas proporciones, Bos p. taurus y Ovis o. aries con mayor frecuencia, y se observó escasa evidencia de consumo de Ozotoceros b. celer y de armadillos. Se registró también la presencia de una unidad anatómica de Nothura maculosa, pero no tenía huellas de corte. Los documentos escritos consultados también hacen referencia al consumo de estas especies silvestres. Los restos óseos analizados hasta el momento evidencian una escasa presencia de alteración térmica. Las investigaciones efectuadas sobre los asentamientos de la Frontera Sur y Oeste de gran parte del siglo XIX, marcan claras evidencias de lugares estratégicos para el intercambio interétnico, ya que formaron parte de los territorios pertenecientes a las poblaciones originarias, que de manera simétrica y asimétrica interactuaron con los colonos de diferentes orígenes. Este análisis, por lo tanto, muestra que existió una estrecha conexión entre la fauna y la historia del Fuerte General Paz.
Esta investigación ha sido efectuada gracias al apoyo brindado por los municipios de Nueve de Julio, General Alvear, Olavarría, Carlos Casares; al Equipo interdisciplinario de Frontera, Departamento de Arqueología, Facultad de Humanidades y Artes, U.N.R. e “Investigaciones Arqueológicas Post-Conquista del INSTITUTO INCUAPA-CONICET-UNICEN, Facultad de Ciencias Sociales do Olavarría. Nuestro agradecimiento al profesor Roberto Castro, director del Archivo y Museo Histórico “General Julio de Vedia”, por brindarnos su apoyo, por facilitar nuestra investigación y por compartir este ideal de conservación y preservación del patrimonio arqueológico.
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